José Manuel Querol Sanz
Departamento de Geografía
Universidad Carlos III de Madrid

Daniel Marías Martínez
Profesor del Dpto. de Humanidades: Historia, Geografía y Arte
Universidad Carlos III de Madrid

La frontera es un sinónimo político del límite, un término que convoca la separación de dos elementos entendidos como distintos. La frontera es el final y el principio de un espacio social, político y administrativo. Unas leyes se paran en la ribera de un río y otras empiezan en la otra, una administración acaba en la cima de un pico y en la vertiente opuesta ya tiene otro nombre. También una frontera puede ser al mismo tiempo ámbito y cerco, refugio o cárcel, límite cerrado intraspasable y espacio en propiedad.

Hay muchos tipos de fronteras: las hay políticas o ‘territoriales’, económicas, naturales, artificiales, sociales, quizás culturales y religiosas y hasta íntimas. El espacio es una percepción; el límite del cuerpo humano se organiza como un dominio, lo mismo que el cuerpo social. Dominio y control en el interior del espacio que delimitan unos bordes casi siempre precisos, finos como el surco de un tiralíneas en manos de un experto arquitecto de la política, aunque la realidad humana se le imponga, y se vean desbordadas por multitudes que buscan refugio, por lenguas que cruzan vaguadas y páramos, por hábitos y costumbres comunes, por afectos y por odios. Hay fronteras ‘vivas’ y fronteras ‘muertas’ también; incluso fronteras aparentemente ‘muertas’ que reviven cual zombi, como ha sucedido, por ejemplo, a raíz de la pandemia de COVID-19, enfermedad provocada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, que se ha extendido en varias oleadas prácticamente por todo el planeta a lo largo de 2020, causando no sólo infinidad de muertes y afecciones de todo tipo, sino también el refuerzo y la reactivación de muchas fronteras, e incluso la aparición de algunas que teníamos olvidadas, o que ni siquiera sabíamos que existían, con lindes difusos pero importantes a la hora de llevar a cabo y condicionar nuestras vidas en el último año.

El tema de las fronteras es tan interesante como complejo, y al mismo tiempo tan antiguo como actual. Aquí no vamos sino a referirnos, muy brevemente, al límite entre los Estados Unidos de Norteamérica y México, con notas tanto históricas como más modernas y recientes. Evocar el Río Bravo es adentrarse en las tardes de cine de la niñez y ver a John Wayne desenfundando su revolver entre el polvo del desierto y a miles de cabezas de ganado en espantada. Evocar el Río Bravo (o el río Grande, como se llama en el lado norte de la frontera entre México y los Estados Unidos) nos trae a la imaginación los espacios vacíos y desérticos que recorren el sur de los Estados Unidos, u otras arterias fluviales, también de resonancias fílmicas y literarias, como sus tributarios el Río Conchos y el Río Pecos. También evocar el río Bravo nos trae a la memoria otras pesadillas más recientes que aparecen de vez en cuando en las noticias desde Ciudad Juárez, Chihuahua o El Paso.

El Río Bravo es el eje y corazón (y cerca de la mitad) de la inmensa frontera sur de Estados Unidos, de cerca de 3.200 kilómetros de extensión (según Google Maps, se necesitarían 34 horas conduciendo para recorrer toda su longitud), y construida con avatares históricos laberínticos hechos de migraciones humanas en los dos sentidos, con avaricias y soberbias de todo tipo y con guerras sin fin, recordadas como relatos épicos al norte de la frontera y con resignación y vergüenza en el lado sur. Pero también esa frontera ejerce de lugar de intercambio, no sólo de mercancías (las legales y las ilegales, algunas infames, como la mercancía humana), sino de ideas, de culturas, de literatura; en definitiva, también esa frontera es el ejemplo perfecto de la imposibilidad, y sobre todo de la inutilidad, de cerrar el espacio, y la muestra de que el ser humano es permeable, más que sus deseos.

Área de México cedida a los Estados Unidos en 1848, excepto las reivindicaciones de Texas.

La frontera entre los Estados Unidos y México se extiende de este a oeste desde las ciudades limítrofes de Brownsville y Matamoros en el Golfo de México, hasta las de San Diego (California) y Tijuana (la Baja California) en la costa del Pacífico; una frontera que en su recorrido central discurre por ese Río Bravo-Río Grande y se adentra en los desiertos de Sonora y Chihuahua para alcanzar luego el Río Colorado, acompañándolo hacia el oeste hasta su muerte en el mar. Además de las mencionadas, jalonan la frontera otras ciudades gemelas, hermanadas o enfrentadas, como Calexico y Mexicali, El Paso y Ciudad Juárez, Laredo y Nuevo Laredo, y McAllen y Reynosa. En total, se pueden contar hasta una quincena de ciudades pareadas, incluyendo una decena de áreas metropolitanas transfronterizas. Las tres cuartas partes del comercio que se mueve en esta frontera atañe sobre todo a cuatro urbes, Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo y Reynosa. Las maquiladoras son la base industrial. Más de un millón y medio de personas de la frontera norte trabaja vinculada con la industria maquiladora. Existen medio centenar de puentes y garitas de entrada al territorio de los Estados Unidos. Los hay para el tráfico ligero, el tráfico de carga y el de vehículos, de uso peatonal y ferroviario. Más de un millón de personas y cerca de 300.000 automóviles circulan a diario entre ambos países. Aunque los datos van variando y no resulta sencillo hacer estimaciones, esta frontera es famosa a nivel mundial porque se considera que la frontera internacional cruzada con mayor frecuencia en todo el planeta, con unos 350 millones de cruces legales que tienen lugar cada año (este año, dada la anómala situación que se está viviendo, la cifra se ha reducido drásticamente). Muchísimos no tienen papales y lo intentan (y a veces consiguen, y con no pocos costes) de manera ilegal.

En general se puede decir que es una zona aquejada por numerosos problemas, algunos de ellos de extrema gravedad. Hay actividades que son lícitas a un lado de la frontera, e ilegales al otro. Y de estas últimas hay muchas, en cantidad y variedad. A menudo el hampa y la delincuencia campan a sus anchas, con lucrativas y perversas actividades de amplio espectro, que, entre otras cuestiones, acarrean frecuentes enfrentamientos, altercados y ataques de gran violencia entre bandas criminales rivales y con las distintas fuerzas policiales y gubernamentales. Muchas urbes han crecido un tanto anárquicamente, sin planificación, como reacción impulsiva e improvisada a las distintas oleadas de inmigrantes que han ido recibiendo a lo largo del tiempo. Hay construcciones precarias e informales, hacinamiento… Desde un punto de vista de salud de sus habitantes, también hay indicadores negativos. Por ejemplo, las tasas de incidencia de VIH y tuberculosis son más altas en varias ciudades fronterizas que a nivel nacional en ambos países. Pese a la implicación de diversas organizaciones de ayuda social, la situación de muchos migrantes, que tratan de cruzar la frontera de forma ilegal, es verdaderamente dramática, tanto para los que no logran cruzarla, como para la mayor parte de los que milagrosamente lo consiguen, sean detenidos en suelo estadounidense o no. Muchos sufren abusos, son explotados y malviven en condiciones lamentables… cuando no fallecen. No puede olvidarse tampoco que geográficamente es un área por lo general hostil, de características desérticas, con aridez extrema, gran insolación y temperaturas muy elevadas. Y que aquellos que son detenidos (varias decenas de miles) no son ni bien tratados ni a menudo conforme a la legalidad vigente a nivel internacional.

La frontera es un espacio de dependencia y disparidad que expresa la resistencia de un pueblo que trata de reforzar su identidad cultural. Por otro lado, paradójicamente o no, los fronterizos han mezclado y remezclado expresiones, instituciones, estructuras, lenguajes, costumbres, etc., pertenecientes a las dos sociedades, mexicana y estadounidense, generando algo completamente singular y original, con presencia de elementos tan característicos como la música fronteriza, la gastronomía Tex-Mex o el denominado espanglish.

La historia de esta frontera, que obviamente es mucho más que la franja de tierra contigua la linde internacional, está ligada en sus orígenes a los avatares de la historia colonial española, francesa e inglesa, y al nacimiento y expansión de los Estados Unidos. Durante la etapa colonial no puede decirse que fuera efectivamente una frontera, aunque es cierto que hay quien afirma que el Fuerte de San Agustín (1565) construye la idea de límite del Imperio Español (lo cierto es que se construyó, sobre todo, para proteger a los galeones españoles que se adentraban en las aguas de las Bahamas); los asentamientos ingleses (Jamestown, Virginia, 1607) o franceses (Fort Maurepas, hoy Ocean Springs, Misisipi, 1682) son el primer acto de un proceso de expansión colonial competitiva que comienza con el contencioso por el control del Golfo de México en la desembocadura del Río Misisipi y el establecimiento de la Luisiana francesa (La Balize, que fundara Pierre Le Moyne d’Iberville en 1699). Así pues, la primera frontera internacional en Norteamérica se fija allí y en este contexto: la costa este queda en manos británicas, el cauce del Misisipi y muchos de sus afluentes en manos francesas (la Luisiana), y el centro y la costa oeste (hoy de Estados Unidos) queda bajo control del Virreinato español de Nueva España, además de la Florida, que dependía administrativamente de la Capitanía General de Cuba.

Valla fronteriza entre San Diego en California, EE.UU. (izquierda) y Tijuana, México (derecha).

Aun así, esta frontera era sólo nominal, sus límites eran difusos, y más producto del hecho de la ocupación por parte de colonos que de cualquier otra circunstancia. Es la política continental europea la que va a modificar continuamente los límites de ocupación del territorio. La primera de estas modificaciones la motiva el tratado de París de 1763 (con el que acaba la Guerra de los Siete Años), por el que España cede la Florida al Reino Unido y todos los territorios al este y sureste del Misisipi a cambio de que Inglaterra devuelva a España sus dos joyas, el puerto de La Habana y Manila; Francia había cedido antes a España (por el Tratado de Fontainebleau, de 1762) la Luisiana como gesto de buena voluntad para la futura alianza, y así, su nuevo gobernador español, Bernardo de Gálvez, acabó por participar de hecho en la revolución que dio a luz a los Estados Unidos. Como dato, más que anecdótico, cabe mencionar que entre las tropas de Gálvez había colonos (novohispanos), indígenas y negros, que llegaron a recuperar la Florida para España en 1779 y colaboraron muy activamente para permitir el traslado de armas a los rebeldes; hechos estos que fueron cruciales para la independencia americana.
En la costa oeste el problema era diferente, puesto que en su mayor parte el territorio se encontraba sin explorar, e ingleses y españoles se pusieron más o menos de acuerdo sobre la propiedad de los mares del que luego sería el Territorio de Oregón, un acuerdo que al final jugó en contra de la corona británica porque tales acuerdos los utilizaron los Estados Unidos en sus reclamaciones de independencia. En cualquier caso, el control de la zona correspondía a Nueva España, pero nadie apareció por allí, salvo una expedición de reconocimiento que la recorrió en 1797.

Después de la independencia norteamericana, los Estados Unidos intentaron adquirir los territorios del sur controlados por los ingleses (la Columbia británica) o por los españoles, que tenían en su poder todo el Golfo de México y el oeste del Misisipi. España había devuelto la Luisiana en 1800 a los franceses (aliándose con ella contra los británicos), de modo que los americanos se la compraron a Napoleón en 1803, y reclamaron a España la ribera occidental del Misisipi hasta las Montañas Rocosas, y hacia el sur hasta el Río Bravo (en definitiva: Nuevo México y Texas).

La historia enreda las cosas como si los acontecimientos fueran un racimo de cerezas, y en 1810 comienza la Guerra de Independencia mexicana, y entre 1812 y 1815 se desarrolla la Guerra Anglo-americana, y ambas dan lugar a muchas anécdotas históricas que muestran muy bien el modelo de nacionalismo romántico colonial que para la zona caribeña tan bien ejemplificó con frialdad y sarcasmo Gillo Pontecorvo en Queimada (1969), aquella película en la que Marlon Brando manipulaba a la población de una pequeña isla a antojo de las compañías azucareras. Florida y Texas se independizaron como consecuencia del caos colonial. Pensacola, que era la capital de la Florida española, cae en manos de los Estados Unidos (aunque la tomaron en acción de guerra contra los británicos) y, a resultas de esto, los norteamericanos la reclamaron como parte del territorio comprado a los franceses (la Luisiana); el 29 de junio de 1817 el general MacGregor, general de la revolución venezolana a las órdenes de Simón Bolívar, toma la ciudad de Amelia, en la Florida Oriental, y allí declara la independencia de España y se proclama la República de Florida, cuya capital, irónicamente, sería la Fernandina, a lo que España reacciona aliándose entonces con los Estados Unidos y retomando el control de la Península, pero un año después Andrew Jackson vuelve a invadirla, esta vez con la excusa de la Primera Guerra Semínola (al final se cedió la Florida en 1819 por el Tratado Adams-Onís).

El general MacGregor merece un pequeño paréntesis. El «Jenofonte de América», como fue llamado por algunos, resultó a la postre más ladrón y caradura que otra cosa, y buen ejemplo de lo que realmente se tejía en todas esas guerras de anexión. El señor MacGregor se hacía pasar por «príncipe de Poyais», en la Costa de los Mosquitos, un imaginario país que usó para todo tipo de fraudes y negocios oscuros. Según contaba MacGregor, Poyais tenía una capital, un castillo, Parlamento (con su edificio y todo), Ópera, Catedral y hasta un moderno puerto; en Poyais había enormes cantidades de oro y tierra fértil para los nuevos colonos. ¿Quién sabía en la Europa de entonces algo de lo que uno podía encontrarse en la geografía americana?, y Jorge VI le nombró Sir con el encargo de establecer relaciones entre Poyais y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. El Jenofonte americano creó incluso oficinas de inmigración, y vendió tierras a futuros colonos, otorgó cargos de funcionario de Poyais (por dinero) a británicos incautos y ricos con ansias de figurar en los libros de Historia, y hasta un banco londinense (la avaricia a veces lleva la penitencia en su pecado), le concedió un crédito de 200.000 libras esterlinas (Poyais salió a Bolsa, no sabemos si con campana o no, pero seguro que a alguien le recuerda a algo este tipo de cosas). Todo se le empezó a torcer a nuestro general cuando en el otoño de 1822 empezaron a zarpar barcos llenos de colonos para su imaginario país que, desesperados, no encontraban en ninguna ribera del Río Negro la capital; muchos colonos murieron, y de los supervivientes tuvo que hacerse cargo la Armada británica. La recién nacida República de Colombia tuvo que publicar un decreto para certificar que Poyais no existía, y sin embargo MacGregor aún consiguió vender más acciones de su maravilloso reino en 1825 y 1826. Cuando las cosas se pusieron mal en Inglaterra el príncipe de Poyais emigró a Francia, donde continuó con el negocio, y como le fue bien, envalentonado, volvió a Inglaterra en 1827, donde fue detenido, si bien no durante mucho tiempo, cosas de tener contactos donde se debe, y se retiró a la campiña francesa a vivir de sus rentas y a seguir vendiendo acciones de Poyais a sus compatriotas escoceses y, suponemos que para entretenerse, redactó incluso una Constitución para su pueblo; al final volvió a Venezuela, de nuevo pobre, donde reclamó su restitución como general y una pensión. Ese personaje fue el que entregó La Florida a los Estados Unidos.

Pero volvamos a nuestra frontera. Este pequeño paréntesis pretendía sólo poner en contexto el tipo de cosas que ocurrían entonces en América y en Europa (algunas desgraciadamente siguen ocurriendo), porque la formación de los estados en el Nuevo Mundo, y el trazado de sus fronteras, no son fruto de la voluntad de un pueblo ni de una identidad específica, sino que se construyeron en todo el continente con la avaricia de los criollos y el olvido de la población indígena. El nuevo México independiente aceptó las condiciones del Tratado Adam-Onís e intentó llevarse bien con sus vecinos del norte, por lo que se resignó, e intentó ordenar la llegada a su territorio de muchos colonos estadounidenses que huían de la crisis que la Guerra Anglo-americana había provocado y que iban asentándose en lo que antes se llamaba «el Lejano Norte mexicano» y les dio concesiones territoriales (uno de aquellos colonos era, por ejemplo, Stephen F. Austin, que, por supuesto, se asentó en Texas), lo que no deja de ser de nuevo una ironía histórica, cuando dos siglos después el camino a la inversa está prácticamente cerrado para los mexicanos.

La presión migratoria de norteamericanos sobre México hace ceder al gobierno, concediéndoles derechos como el uso del inglés en su relación administrativa con el estado, una autonomía amplia de gestión, legislativa y judicial, y el permiso para poder tener esclavos y para hacer la guerra a los indios aborígenes, lo que al final llevó en la práctica a una desafección política de estos colonos respecto del gobierno mexicano y todo acabó en ese mito de El Álamo del que antes hablábamos: la independencia de Texas. Esta política migratoria norteamericana continuó como práctica exitosa en la costa oeste; los Estados Unidos querían adquirir Nuevo México y la Alta California, pero México se negaba, de modo que se alentó la migración ilegal hacia allí al mismo tiempo que la prensa norteamericana planificaba estratégicamente una campaña hostil contra el gobierno mexicano. Mientras, se financiaban expediciones «científicas» desde el norte de la frontera hacia la Alta California (como las de Lewis y Clark o la de Stephen Harriman Long) y se permitía el reclutamiento de hombres para el ejército texano separatista (México no había reconocido a la República de Texas por aquel entonces). No, no hemos dado la vuelta al mapa, no hemos equivocado los términos «norteamericano» y «mexicano».

El 28 de febrero de 1845 Texas entra a formar parte de los Estados Unidos, condonando estos su deuda de guerra de diez millones de dólares de la época. En contraprestación, Texas cedía a los Estados Unidos parte de lo que hoy es Colorado, Kansas, Oklahoma, Nuevo México y Wyoming, esto es: Texas cede a los Estados Unidos aquello que tenía en disputa con México (el Tratado de Límites de 1828), y como México protesta rompiendo relaciones diplomáticas con los Estados Unidos (28 de marzo de 1845), en la frontera norte, a lo largo del Río Bravo, empiezan a construirse fuertes que demarcan la línea de frontera; la guerra entre México y los Estados Unidos comenzará en mayo de 1846, los mormones de Brigham Young edifican su templo en Salt Lake City en 1847, meses antes de acabar la guerra, y los colonos norteamericanos siguen llegando al territorio. La guerra acaba con la toma de la ciudad de México el 14 de septiembre de 1847 y la firma un año más tarde del Tratado de Guadalupe Hidalgo, en el que precisamente se negocia el límite fronterizo y se garantiza el derecho de libre tránsito por una zona amplia del territorio mexicano a los ciudadanos norteamericanos, pero, aún faltaba el ferrocarril.

El artículo completo está disponible en el número 105-106 de la Revista Ábaco.
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