Fernando Vela Cossío
Catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura
Universidad Politécnica de Madrid

El pasado 2 de mayo se cumplía el primer aniversario de la muerte en la ciudad de San Juan de Rafael Hernández Colón (1936-2019), el que fuera gobernador del estado libre asociado de Puerto Rico en dos periodos: el primero entre 1973 y 1977 y, posteriormente, desde 1985 hasta 1993. Formado en Baltimore, en la John Hopkins University, donde se graduó en Ciencias Políticas (1956), y en la Universidad de Puerto Rico, en la cual cursó la licenciatura en Derecho (1959), Hernández Colón tuvo la oportunidad de desarrollar una brillante y extensa carrera política de la cual es de justicia destacar una sólida posición en defensa del legado cultural de la Hispanidad y su firme compromiso para la construcción de la comunidad iberoamericana contemporánea.

En una brillante tercera del diario ABC, titulada “Puerto Rico. A un siglo del 98”, que firmada el 25 de enero de 1998, recordaba Hernández Colón al poeta, ensayista, periodista y político puertorriqueño José de Diego Martínez (Aguadilla 1866 – Nueva York 1918), ferviente defensor de la lengua española y uno de los padres de la nación puertorriqueña. Reproducía para ello el texto de otra tercera de ABC en la que, bajo el titular “A la caída de la tarde” (1916), José de Diego recordaba una jornada para la Historia: “Yo era subsecretario de la presidencia del gobierno autonomista el 18 de octubre de 1898 y estaba en el palacio del último gobernador militar español de la plaza, cuando a las tres de la tarde, en un día radioso, fue arriada del palacio la bandera española. Un silencio de muerte suspendía la ciudad; lloraban algunas mujeres al paso de los últimos soldados hispanos y uno de ellos, desde el Arsenal, al tiempo de saltar en la embarcación con rumbo al buque que había de repatriarle, lanzó un ¡Viva España!, que se prolongo y resonó en los ámbitos de la imponencia y la majestad del último grito de una epopeya… Y así fue que, alumbrando por segunda vez el Atlántico, retornó de Puerto Rico a España, después de cuatro siglos, la sagrada bandera de la nación madre y maestra del mundo americano… Yo fui partidario siempre de la independencia de mi tierra; pero debo reconocer que España fue la única nación que pudo ostentar sobre mi patria un derecho legítimo de soberanía. No somos ya españoles, y no podemos ser pertenencia de otra nación, sino pura e inquebrantablemente puertorriqueños. Lo queremos ser, y lo seremos. ¿De cual manera? ¿En que relaciones con los Estados Unidos? ¿En que solidaridad con España y con todos los pueblos de nuestra raza?”.

Recordaba Hernández Colón como “mientras se conserva una lengua, se conserva también la cultura que ella produce. Desde la segunda mitad del siglo el sentido de la nacionalidad que parte de esa lengua se ha incrementado. La literatura, la pintura, la música y la arquitectura proyectan una definida personalidad del país claramente diferenciada de cualquiera de los Estados de la Unión, incluso de aquellos con un mayor componente de población hispana”. Se hacía así eco de un legado cultural que Puerto Rico conserva con orgullo y que integra bienes innumerables, y en el que la ciudad y la arquitectura ocupan, por descontado, un lugar de gran relieve en la propia historia de Iberoamérica.

Y es que somos muchos los que compartimos la convicción de que la ciudad hispanoamericana constituye uno de los más valiosos episodios de la contribución española a la cultura universal. Cientos de fundaciones urbanas que, en un proceso que se extiende durante más de cuatro siglos, vienen a constituirse en los excepcionales testimonios históricos de una cultura urbana de fuertes raíces grecolatinas que se proyectará con un vigor extraordinario en el Nuevo Mundo y que ha merecido a lo largo de los últimos cien años la atención de investigadores de muy distintas procedencias, ya sean formativas o geográficas. Arqueólogos, arquitectos, historiadores y urbanistas de las dos orillas que nos han dado a conocer las características formales, simbólicas, sociales y jurídicas de este universo urbano y que nos han narrado el proceso histórico que lo hizo posible, conformando a su vez, en una fructífera labor, un legado historiográfico de una enorme trascendencia.

Maestros como Constantino Bayle (1882-1953), Leopoldo Torres Balbás (1888-1960), Diego Ángulo Íñiguez (1901-1986), Mario José Buschiazzo (1902-1970), Gabriel Alomar (1910-1997), Enrique Marco Dorta (1911-1980), Fernando Chueca Goitia (1911-2004), George Kubler (1912-1996), Demetrio Ramos (1918-1999), Graziano Gasparini (1924-2019), Antonio Bonet Correa (1925-2020), Jorge Enrique Hardoy (1926-1993) o Francisco de Solano (1930-1996) nos han dejado contribuciones monumentales a la historia urbana de Iberoamérica, una empresa que sigue teniendo continuidad en el momento presente en el trabajo de investigadores del relieve de Gabriel Guarda (n. 1928), Alberto Nicolini (n. 1931), Ramón Gutiérrez (n. 1939) o Richard Kagan (n. 1943), cuyos trabajos constituyen referencias impagables para todos aquellos que nos dedicamos al estudio del legado urbano español en el Nuevo Mundo.

Entre las aportaciones más señaladas para la difusión de sus valores no podemos dejar de destacar la exposición La Ciudad Hispanoamericana. El sueño de un orden, una de las numerosas iniciativas que se desarrollaron en la España de los años ochenta y los primeros noventa para la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América en 1992, y que se organizó en las salas de exposiciones del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC) que mantenía abiertas el Ministerio de Cultura en el corazón de la Ciudad Universitaria de Madrid.

El catálogo que acompañaba aquella muestra recogía las palabras de su comisario, el entonces catedrático de Urbanismo de la Escuela de Arquitectura de Madrid y hoy director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el arquitecto y urbanista Fernando de Terán, que se refería a esta empresa colonizadora como «la más grande empresa de creación de ciudades llevada a cabo por un pueblo, una nación o un imperio a lo largo de toda la historia».

La exposición, probablemente la más importante sobre el tema realizada en España, ofrecía un completo panorama histórico del proceso de creación, configuración y evolución de la ciudad hispanoamericana a lo largo de cuatro siglos, en una mirada atenta a su morfología y su lógica funcional, y se adentraba en el estudio de la cuadrícula española como el instrumento generador de todo el proceso de urbanización del continente americano. Se destacaba como, cuando nos referimos a los diferentes modelos para la traza de las primeras ciudades hispanoamericanas, no puede hablarse de la existencia de un patrón explícito previo a las fundaciones al cual debieran haber estado sometidas. Pero sin embargo, aunque algunas ciudades se desarrollaron de manera aleatoria, la mayor parte obedece a un trazado geométrico que responde a tres clases posibles de traza: retículas, retículas ortogonales o cuadrículas. El primer grupo estaría formado por aquellas ciudades cuyas calles, trazadas como entonces se decía «a regla y cordel», están constituidas por tramos rectos que se cruzan formando la mencionada retícula; el segundo grupo, en cambio, lo conforman las ciudades cuyas calles se cruzan en ángulo recto; y, por último, en el caso del tercer grupo, las calles se entrecruzan, en tramos iguales, formando una cuadrícula perfecta.

Las primeras fundaciones urbanas en puerto rico

Aunque durante el segundo viaje de Cristóbal Colón a las Antillas en 1493 se produjo el primer contacto con la isla de Puerto Rico, que fue bautizada con el nombre de San Juan Bautista, habrá que esperar a las expediciones de Juan Ponce de León (1460-1521) para que se produzcan las primeras acciones colonizadoras en Borinquén.

No está claro si Ponce de León había arribado a las Indias acompañando al Almirante en ese segundo viaje o si lo hizo una década después, en la expedición que llevó al Nuevo Mundo a Nicolás de Ovando (1460-1511) en el año 1502, pero lo cierto es que le encontramos sirviendo como capitán en La Española entre 1506 y 1508, en una etapa en la que coincide con Juan de Esquivel (1470-1514) y con Diego Velázquez (1465-1524). A los tres se les atribuye, como al propio Ovando, la extensión de las llamadas guerras esclavistas, en las que aplicaron métodos de la guerra medieval en La Española para eludir las disposiciones de la Corona2, que había establecido el 20 de junio de 1500 la prohibición de trasladar aborígenes a la Península, ordenando además el retorno de los ya enviados. Diego Velázquez llevaría a cabo la conquista de Cuba en 1511, Juan de Esquivel la de Jamaica en 1509 y el propio Ponce de León, la de Puerto Rico, la primera de las tres, que dará comienzo con la expedición que parte de Higüey el 12 de agosto de 1508 y en la que Ponce de León se hace acompañar de Luis de Añasco y Juan González.

El artículo completo está disponible en el número 104 de la Revista Ábaco.
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