IMAGEN: Imágenes promocionales de Gijón. A la izquierda: Portada del portfolio Gijón Verano 1956. A la derecha: Cartel de la II Feria Oficial de Muestras Asturiana Internacional, obra de Germán Horacio (1925). Fuente: ambos del Fondo del Muséu del Pueblu d’Asturies.

Extracto del artículo publicado en el nº 125-126 de la Revista Ábaco

Natalia Tielve García
Catedrática de Historia del Arte
Universidad de Oviedo (España)

Lúa Woodward Castro
Investigadora predoctoral
Universidad de Oviedo (España)

«Estamos hechos de las lecturas que nos han formado».

Eduardo Martínez de Pisón

El paisaje de la modernidad como construcción cultural

Tal como ha llegado a nosotros, el paisaje arquitectónico de la ciudad de Gijón puede entenderse como resultado de una dinámica en la que confluyen diversos procesos y actividades socioeconómicas. Al igual que ocurre en otras ciudades litorales del Norte de España, uno de sus principales elementos diferenciadores es su carácter portuario; un factor determinante, sin duda, en su desarrollo económico y urbanístico, pero también en su dimensión cultural, social y arquitectónica. El diálogo con el mar y la reinterpretación del ambiente portuario, en efecto, han dejado su huella, entre otros aspectos, en el léxico constructivo y en la expresión formal de la arquitectura y el diseño, por lo que no resulta complicado rastrear referentes náuticos en un amplio abanico de tipologías que van desde la arquitectura residencial a la escolar, pasando por la industrial y la comercial, los espacios para el ocio y la salud, los transportes y los edificios institucionales, además del urbanismo y de las obras de infraestructura.

Igualmente, podemos reconocer guiños y evocaciones al mar y a lo marítimo en el diseño de interiores, el mobiliario urbano y en obras artísticas concebidas para su integración en los edificios que, sin duda, merecen un análisis pormenorizado.

A pesar de las remodelaciones y de las alteraciones que muchos inmuebles y conjuntos arquitectónicos han experimentado en los últimos años, la memoria portuaria, industrial y pesquera aún puede atisbarse en el frente marítimo gijonés. Al tráfico de cabotaje vinculado a la exportación de la hulla y al desarrollo de las infraestructuras ferroviarias, la industria pesquera y de construcción naval, se sumó, avanzado el siglo XIX y a lo largo del siglo XX, la implantación de numerosas sociedades y empresas dedicadas a actividades tan diversas como la producción de loza y de vidrio, los curtidos, la metalurgia, la cerveza o los aglomerados. Como no podía ser de otro modo, la actividad portuaria y la expansión industrial actuaron como factores de atracción para la población trabajadora, favoreciendo el asentamiento y la expansión de los barrios de El Natahoyo, La Calzada, El Cerillero, Portuarios, Pescadores y El Muselín. Las viviendas y los servicios asistenciales destinados a trabajadores y empleados de la industria encontraron acomodo en estos emplazamientos adoptando diversas fórmulas, desde el decimonónico modelo de la ciudadela hasta los conjuntos residenciales erigidos, avanzado el franquismo, al amparo de diversos organismos estatales, como la Obra Sindical del Hogar, el Instituto Nacional de la Vivienda o el Instituto Social de la Marina. Aunque son muchos los testimonios de este pasado industrial que han sido víctimas de la piqueta, aún perviven diferentes elementos, visibles e invisibles, que componen el imaginario portuario gijonés y que nos hablan del pasado y del presente, de la identidad y la memoria, conformando lo que podemos identificar con el paisaje cultural de la ciudad.

No en vano, el paisaje ha de ser considerado, analizado y valorado a partir de la adopción de unos parámetros de estudio renovados y actualizados que faciliten la aproximación al lugar, su historia y su percepción por parte de la comunidad que lo habita, para así profundizar en las múltiples y complejas dimensiones de cada territorio. Solo así es posible la lectura del paisaje, esto es, su entendimiento como una «construcción cultural múltiple» —en palabras de Martínez de Pisón—moldeada y modelada por la historia de los hombres y de las mujeres: una suma de vivencias, sensibilidades y expresiones de las distintas épocas que, de uno u otro modo, han contribuido a su configuración y transformación.

Amenazado por una inexorable presión urbanística, el patrimonio de la arquitectura moderna, objeto de atención preferente del proyecto de investigación 3RMOMO al que se adscribe nuestro trabajo, se ha visto afectado en las últimas décadas por operaciones de regeneración urbana que han derivado en nuevas formas de entender la relación puerto-ciudad y que, pretendidamente, apuestan por abrir la ciudad al mar.

Las modificaciones, alteraciones y, en algunos casos, destrucciones que, en mayor o menor grado, los edificios y conjuntos edificados han experimentado a raíz de estas actuaciones justifican, a nuestro entender, la necesidad de obtener una radiografía de su estado actual utilizando como referente, entre otros, el Documento de Madrid 2011 «Criterios de Conservación del Patrimonio Arquitectónico del Siglo XX», promovido por ICOMOS. Asumiendo este reto, desde el proyecto 3RMOMO nos comprometemos a avanzar en la valoración del paisaje de la modernidad como construcción cultural y a estudiar los procesos de patrimonialización y las variables que inciden en su percepción social. En esta tarea nos vemos actualmente inmersos.



Una identidad poliédrica. Avanzando en la imagen del Gijón Moderno

Si, líneas más arriba, aludíamos al paisaje como una construcción cultural múltiple, no resulta descabellado afirmar el componente identitario poliédrico —múltiple— por el que Gijón se distingue: una ciudad portuaria y abierta al mar, con una identidad industrial consolidada, ligada a la importancia de su puerto y a la actividad comercial; pero también, no menos relevante, un imaginario vinculado a la sociabilidad, el ocio, el recreo y el esparcimiento. Una identidad, por consiguiente, en la que convergen, se inscriben y se entremezclan múltiples facetas que, en el plano experiencial, se traducen en diferentes modos de vivir y de sentir la urbe: una ciudad para residir y trabajar, pero también para pasear, disfrutar y contemplar. Estos son los diferentes aspectos que inevitablemente deben considerarse para entender el proceso de modernización gijonés.

Fig. 1. Arriba, a la izquierda: Fotografía de Constantino Suárez, h. 1934; a la derecha: El Náutico. Tarjeta postal. Ambas del fondo del Muséu del Pueblu d´Asturies. Abajo, a la izquierda: Proyecto de Avelino Díaz y Fernández-Omaña de Escalera monumental; a la derecha: Proyecto de Pedro Cabello de El Náutico. Fuente: ambas recogidas en ARANDA IRIARTE, J. (1981), Los arquitectos de Gijón alrededor del Racionalismo: los años treinta, Oviedo, COAA.
Fig. 1. Arriba, a la izquierda: Fotografía de Constantino Suárez, h. 1934; a la derecha: El Náutico. Tarjeta postal. Ambas del fondo del Muséu del Pueblu d´Asturies. Abajo, a la izquierda: Proyecto de Avelino Díaz y Fernández-Omaña de Escalera monumental; a la derecha: Proyecto de Pedro Cabello de El Náutico. Fuente: ambas recogidas en ARANDA IRIARTE, J. (1981), Los arquitectos de Gijón alrededor del Racionalismo: los años treinta, Oviedo, COAA.

No es este el momento —tampoco hay espacio para ello— de adentrarnos en el impulso modernizador derivado de la industria, el desarrollo tecnológico y el comercio, al que en otras ocasiones hemos atendido, pero sí de introducirnos en la construcción de una imagen moderna de la ciudad vinculada a una incipiente actividad turística. Es aquí donde cobra relieve la transformación del flanco Este de la ciudad y, en particular, el arenal de San Lorenzo: una playa y un paseo que pasaban a reemplazar como lugar de esparcimiento a la playa de Pando, localizada en el litoral Oeste que, tras quedar sepultada por los muelles de Fomento, se convertiría en uno de los principales testigos del proceso industrializador desplegado a partir de las décadas finales del XIX. Con destino al arenal de San Lorenzo —un espacio hasta entonces marginal— se van a suceder diferentes proyectos urbanísticos, arquitectónicos y de diseño urbano, entre los que destacan algunos hitos arquitectónicos que modelan el paisaje —conservados o no— y que permiten entender cómo se fue formulando la imagen moderna de la ciudad .

A esta transformación del borde marítimo contribuyeron, de manera decisiva y en primera instancia, dos arquitectos municipales, Miguel García de la Cruz y José Avelino Díaz y Fernández-Omaña. Al primero debemos el primer proyecto de construcción y urbanización del muro de San Lorenzo; unas obras complejas, prolongadas en el tiempo, desarrolladas entre 1907 y 1922, que permitieron no sólo frenar el avance del mar y extender la red de saneamiento, de agua corriente y de tuberías para el abastecimiento de gas para el alumbrado —aspectos de innegable importancia en la modernización de la urbe y que garantizaban la salubridad y el bienestar de la población— sino también ofrecer las garantías técnicas precisas para cimentar nuevos edificios. Con el segundo, Diaz y Fernández-Omaña, tenemos que relacionar, entre otras singulares intervenciones llamadas a dignificar la fachada marítima, el diseño de uno de los hitos arquitectónicos más rotundamente ligados a los parámetros modernos con los que cuenta la ciudad: la escalera monumental de acceso a la playa, pronto bautizada como La Escalerona. De porte racionalista y formas sencillas, con un desarrollo en tres tramos, la escalera fue erigida en 1933 y construida por Casa Gargallo. Culminaba en una meseta circular, proyectada sobre el arenal, donde se elevaba una columna —a modo de faro— con revestimiento de vidrio pavés, reloj, termómetro, barómetro y tabla de mareas; unos elementos que, degradados con el transcurso de los años, fueron recuperados gracias a la modélica rehabilitación acometida, a inicios de los 2000, por el arquitecto Miguel Díaz y Negrete, hijo, como es sabido, de Omaña. La inclusión de la escalera monumental en el registro de la Fundación Docomomo Ibérico constituye uno de los pasos más importantes que en los últimos años se han dado para el reconocimiento y la preservación de este destacado exponente de la arquitectura moderna.

Fig. 2. Pérgolas del muro de San Lorenzo. A la izquierda, dos fotografías de las pérgolas. Fondo del Muséu del Pueblu d´Asturies. A la derecha: Anuncio de la firma cervecera La Estrella de Gijón, recogido en número extraordinario de Begoña de Voluntad (1959). Fuente: Hemeroteca Municipal de Gijón.

Responsable, como arquitecto jefe del ayuntamiento, de numerosos encargos relacionados con el urbanismo, la arquitectura y el mobiliario urbano en las décadas centrales del pasado siglo, Omaña fue uno de los principales artífices de la configuración del paseo del muro de San Lorenzo.

Acometió, junto a la escalera monumental, el diseño de la balaustrada pétrea, situada frente a la Pescadería Municipal —obra de García de la Cruz— y planificó la prolongación del muro, desde el Real Club de Regatas hacia el puente sobre el Piles, con sus quince escaleras de acceso al arenal. Avanzados los años 50, contando con la colaboración del equipo de arquitectos formado por Juan Manuel del Busto, Juan Corominas Fernández-Peña, José Antonio Muñiz y Miguel Díaz y Negrete —una nómina imprescindible para entender la arquitectura moderna en Asturias— Omaña se hizo cargo de la remodelación del paseo, generando un renovado espacio para el uso y disfrute del ciudadano, el veraneante y el automóvil. Al amparo de este proyecto de modernización se lleva a cabo el diseño y la construcción de las pérgolas de hormigón armado: unas estructuras de elemental diseño y líneas depuradas, reducidas a unos pies derechos que soportaban una cubierta plana, con un marcado sentido plástico. Contaban con servicio de bar y funcionaban como lugar de estancia, ofreciendo una sombra parcial a veraneantes y locales, mientras disfrutaban de las vistas al mar, constituyendo —como a continuación veremos— un reclamo publicitario profusamente utilizado en postales y folletos turísticos del Gijón Moderno.

Fig. 3.-. Real Club Astur de Regatas. A la izquierda: Proyecto firmado por los arquitectos Francisco y Federico Somolinos, fachadas al mar y a tierra. Fuente: Archivo Histórico de Asturias (AHA). A la derecha, arriba: Visión de conjunto (proyecto de los arquitectos Somolinos). Fuente: AHA; abajo: Club de Regatas. Tarjeta postal. Fuente: Fondo del Muséu del Pueblu d´Asturies.

Junto a estas intervenciones, se sucedieron diversos proyectos, más o menos elaborados, en ocasiones simplemente ideas e incluso meras ocurrencias que, en la mayor parte de los casos —por suerte o por desgracia— se quedaron en el papel y que no resulta difícil seguir a través de los diarios publicados en aquellos años: una serie de proyectos encaminados a dotar de nuevos equipamientos y servicios de carácter hostelero, turístico, hotelero y de recreo —casinos, entre otras opciones— al entorno del muro de San Lorenzo. No hay espacio ahora para detenernos en esta sucesión de malogradas propuestas, pero sí para aludir brevemente a una de las actuaciones previstas y, en ese caso, desarrollada en los jardines de El Náutico. En el marco de una operación dirigida a la mejora y el desarrollo urbanístico del frente de agua, una vez culminados los derribos de edificios prexistentes —entre otros, el del antiguo Hospital de Caridad o los balnearios emplazados sobre la playa— y tras desechar diferentes iniciativas para levantar un equipamiento de ocio, se lograba materializar El Náutico: un establecimiento proyectado por el arquitecto Pedro Cabello Máiz, con servicios de cafetería, restaurante y sala de baile. Se trataba de un edificio donde el carácter moderno y los referentes náuticos eran manifiestamente visibles —incluso, cabría decir, desmedidamente— con la imagen evocada de un barco varado, los ojos de buey, los mástiles, las redes y la alusión a la arquitectura de los faros. En todo caso, hasta su demolición, en 1975, se convertiría en uno de los más aclamados y populares referentes del veraneo gijonés.

No podemos dejar de mencionar, en este apresurado recorrido, la intervención acometida en los años 40 en el Pabellón de Santa Catalina del Real Club Astur de Regatas. Esta institución centenaria fue, en efecto, objeto de un interesante proyecto de remodelación firmado por los hermanos Somolinos, en 1940, que dio como resultado un pabellón proyectado hacia el mar, de porte moderno y rotunda evocación náutica. Concebido a la manera de un barco varado, en el astillero o en la costa, donde —como el mismo Le Corbusier hubiera afirmado— nada sobra, nada falta, en él se hizo primar la funcionalidad y la limpieza del diseño.

El club gijonés contaba como inmediatos y cercanos precedentes con dos conocidos clubes náuticos de las aguas del Cantábrico: el Real Club Náutico de San Sebastián, por un lado, proyectado por José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen (1928-1929) y considerado uno de los grandes exponentes de la arquitectura moderna en nuestro país; y, por otro, el Real Club Marítimo de Santander, diseñado por Gonzalo Bringas (1933-1934) que, elevado sobre pilotes de hormigón armado junto al espigón de Puertochico, evoca la imagen de un barco anclado. El de Gijón, como sus homólogos, respondía a idénticos parámetros, no solo en el orden estético, sino también en lo que respecta al componente social y funcional, esto es: un club privado pensado para una clientela adinerada, aficionada a los deportes náuticos y que precisaba de un espacio «exclusivo» en el que, además de divertirse, descansar y disfrutar del mar, poder tratar asuntos de negocios. De este modo, el edificio diseñado por los Somolinos, con una configuración que emulaba metafóricamente su función, ligada a lo náutico, estructura de hormigón armado y fábrica de ladrillo, quedaba organizado en dos plantas. Presentaba un programa de servicios de bar, restaurante, guardarropas, aseos, salones de juego y salas de reunión, con un gran salón de fiestas mirando al mar y, destacando en altura, el Puente del Pabellón, con una torre de señales pensada para las regatas. La actuación se extendió, más allá del pabellón, al conjunto de las instalaciones, incluyendo piscina, balneario, vestuarios y jardines, dispuestos en terrazas escalonadas.

El artículo completo está disponible en el número 125-126 de la Revista Ábaco.
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