José de María Romero Barea
Profesor y periodista cultural

La ocupación de una colectividad supone una extensión de tendencias que podemos observar en nosotros mismos: cobardía, codicia, egoísmo. El totalitarismo muestra las distintas profundidades del gris, cada una más oscura que la anterior. La literatura del exilio cuestiona quién se queda, a quién se expulsa, conduce a un punto dolorosamente crítico cuestiones arquetípicas, a las que nos hemos enfrentado alguna vez, si no individual, colectivamente: pertenencia o exclusión, amor o crueldad. Surge el recuento de las cenizas del olvido para rescatar pecados intemporales, que redimir antes de cruzar al otro lado; se empeña en alternar las narrativas innominadas con las literalidades impersonales.

Si, como parece, todo ha sucedido antes, el futuro parece ser el único lugar desde el que alcanzar la perspectiva o el equilibrio. Decididas a arrancarnos el velo de los ojos, las visiones sin esperanza del escritor letón Zigmunds Skujiņš (Riga, 1926), persiguen el rigor de la lógica cruel de un trastierro que obliga a usar identidades falsas, máscaras que, en última instancia, serán traicionadas. Desorientador, el enredo de las identidades se resuelve en la desasosegadora intensidad. Frente a la identidad nacional, familiar o de género, la forastera vulnerabilidad del miembro honorario de la Academia de las Ciencias (1999), afanada en retratar las diversas transiciones a las que nos somete la posmodernidad.

Desnudez

Si toda novela es o debería ser histórica, la vivacidad del tiempo que describe se cumple en un misterio que impregna las impredecibles ráfagas de un examen matizado, un colapso moral a largo plazo, que desemboca, voluntariamente, en las cambiantes relaciones entre acontecimientos: «La imagen de Marika lucía clara en su mente: parecía resistir en aquel hueco que la imaginación creó expresamente para ello, como una fotografía recortada de una revista, desplegada en una pantalla en blanco». El lugar es la Letonia ocupada por la Unión Soviética, en los años 70 del pasado siglo. Más allá de las paredes del ego, el final perdura entre las interrogantes que nos resistimos a solventar.

El protagonista, Alexandrs Draiska, alias Sandris, «aprendió a leer muy pronto, siempre estaba entre libros que sustituían a los juguetes e incluso los juegos de exterior». Un escritor en ciernes emprende un proceso de detección, se dobla para contar al revés: a regañadientes, se despliega en las excursiones de una autobiografía involuntaria. Sus incertidumbres son retrospectivas, la ficción mira adelante, hacia ese instante en que la verdad se muestra: «Una niña regaba con una manguera las jardineras que rodeaban la estatua de Lenin: sobre el verde del césped, el rojo de las flores a borbotones evocaba un resplandeciente festival de colorido».

Tras la anexión forzada por la Unión Soviética, el aspirante a poeta parece más interesado en mostrarnos las verdades a medias que las mentiras completas, las ilusiones del ayer junto a las decepciones del mañana, entrelazadas en una desconexión cada vez más abstrusa: «Estaba solo en la oscuridad de la noche, en mitad de la barbarie. No lo podía creer. [Sandris] Contuvo el aliento, con la esperanza de oír los pasos de su padre. Pero afuera solo se oía el aullar del viento. Gritó, pero su voz se fundió con la negrura afuera, con la ausencia de respuesta». La novela Desnudez (Kailums, 1970; Nakedness, Vagabond Voices, 2019, traducción al inglés de Uldis Balodis, que utilizamos como referencia), esgrime las preocupaciones típicas del género criminal: el cautiverio del ser; la naturaleza pasajera de la felicidad; el drama de la derrota.

El héroe de Desnudez diríase un trasunto de su autor, colaborador en el periódico Juventud Soviética, miembro de las Juventudes Comunistas, editor de la revista Dadzis: «Siguió caminando, consciente de que la lucidez, que hasta ahora le parecía accesible, se había desvanecido para siempre, una vez más». El relato resultante es la revelación indirecta y acumulativa de algo que adivinamos a medias. El desenlace permanece, a cambio, oculto, tanto como para no atrevernos a confirmar nuestras sospechas.

El método del cuentista de A ambos lados de la puerta (1988) es, en sí mismo, parte fundamental del proceso: «[Sandris] interpretaba todo con una simplicidad abrumadora: con egoísta ceguera, solía reducir las relaciones personales al esquematismo puro, a la seca fórmula matemática en la que incluso los juegos sentimentales con Kamita encajaban a la perfección tras el signo de igualdad». Randava es el lugar al que el narrador acude no tanto para conocer a su admiradora secreta como para descubrir algo sobre sí mismo, entre «falibles murallas y tejados de utilería. Decorados».

¿Quién escribe las cartas que Sandris recibe, firmadas por una desconocida llamada Marika? «Callar sería algo demasiado radical, algo habrá que decir para evitar que el silencio lo anegue todo». La responsabilidad de la solución del misterio recae en nosotros, que hemos de trazar la línea entre intimidad y distancia, reunir el elenco de conjeturas, etiquetarlas según sus motivos, reorganizar la colección de pistas falsas, desviaciones y testimonios poco fiables.

El interlocutor regresa de la experiencia insatisfecho, sin una explicación que la articule. Se especializa el relator de Nubes plateadas (1967) en desentrañar estados mentales mediante una trama detectivesca de personajes aislados en provincias, cuyas costumbres «nunca termina de comprender del todo», reclusos en trance de ser liberados. El que fuera nombrado escritor del Pueblo de la República Socialista Soviética Letona en 1985 se cuestiona a sí mismo, en definitiva, a través de su propio avatar, «algo siempre recomendable».

El artículo completo está disponible en el número 107 de la Revista Ábaco.
Pincha en el botón inferior para adquirir la revista.