In memoriam: Florencio Zoido Naranjo (1945-2026). Mirada ética sobre el paisaje y compromiso con el territorio

FOTO: XXX. Fuente: XXX

➔ Artículo publicado en el nº 128-129 de la Revista Ábaco

Guillermo Morales Matos
Daniel Marías Martínez


El fallecimiento del profesor Florencio Zoido Naranjo, acaecida el pasado 12 de junio de 2026, deja un vacío insondable en la geografía contemporánea, la ordenación del territorio y el urbanismo en España. Catedrático emérito de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Sevilla, su figura encarnó una síntesis excepcional entre el rigor del pensamiento académico y la vocación de servicio público, transformando de manera indeleble la forma en que comprendemos, planificamos y protegemos nuestro entorno habitable. Dotado de una profunda sensibilidad hacia la herencia material y cultural de los pueblos, Florencio Zoido desarrolló el núcleo central de su magisterio en la Universidad de Sevilla, donde obtuvo su cátedra en 1993. Desde sus primeros trabajos, orientados hacia la geografía agraria y el mundo rural, mostró una concepción del espacio que rehuía la mera catalogación estadística. Para él, el territorio constituía una realidad viva, un tejido de relaciones, memorias e identidades que exigía una aproximación ética, responsable y atenta a las condiciones concretas de vida de sus habitantes.

La Escuela de Sevilla y la investigación colectiva

Dentro del tejido universitario, Florencio Zoido fue uno de los principales impulsores y el alma intelectual del Grupo de Investigación Estructuras y Sistemas Territoriales, HUM-396, una plataforma científica fundamental desde la que promovió numerosos estudios dedicados al desarrollo territorial, la sostenibilidad, las dinámicas urbanas y la ordenación del espacio. Su estilo de dirección se apoyaba en el estímulo constante, la generosidad intelectual y la creación de vínculos duraderos entre la teoría geográfica y sus aplicaciones prácticas en beneficio de la sociedad.

Bajo su impulso, el grupo se convirtió en un referente ineludible para el diagnóstico de los procesos territoriales andaluces y españoles. Coordinó obras de gran alcance, como los sucesivos Informes de Desarrollo Territorial de Andalucía, que contribuyeron a establecer bases conceptuales y metodológicas para evaluar la cohesión socioespacial, las desigualdades y las transformaciones territoriales del sur peninsular.

Asimismo, es de justicia destacar su importante labor en la concepción, elaboración y publicación del Diccionario de geografía urbana, urbanismo y ordenación del territorio, aparecido en la editorial Ariel en el año 2000. La obra fue fruto de una colaboración sostenida con destacados colegas geógrafos de distintas universidades españolas, reunidos en el Grupo ADUAR: Sofía de la Vega Benayas, Guillermo Morales Matos, Rafael Mas Hernández y Rubén C. Lois González. Aquel trabajo colectivo, que exigió confrontar usos disciplinares, depurar conceptos y alcanzar acuerdos sobre un vocabulario complejo y en continua transformación, constituyó una aportación singular a la systematización de la terminología geográfica, urbanística y territorial. Por su amplitud, claridad y utilidad para investigadores, estudiantes, técnicos y responsables públicos, el diccionario se convirtió en una obra de referencia y en una expresión especialmente valiosa de la concepción cooperativa e interuniversitaria del conocimiento que Florencio Zoido defendió durante toda su trayectoria.

Su enfoque integrador reunió a especialistas de la geografía humana y física, el urbanismo, la ordenación territorial y las ciencias ambientales, contribuyendo a forjar una auténtica escuela de pensamiento que hoy prolonga su legado. Una parte esencial de su magisterio consistió precisamente en crear un lenguaje compartido entre la investigación geográfica, la práctica urbanística, la planificación territorial y la acción pública.

Del aula a la acción pública

Frente a una concepción de la erudición encerrada en sí misma, Florencio Zoido creyó firmemente en la transferencia del conocimiento a las instituciones públicas. Esta convicción lo llevó a asumir responsabilidades de gran calado técnico y político durante los primeros años de la autonomía andaluza. En 1986 fue nombrado director general del Centro de Estudios Territoriales y Urbanos de la Junta de Andalucía, un espacio desde el cual impulsó las primeras directrices estratégicas de planificación subregional y metropolitana y contribuyó a dotar a la Administración de un rigor cartográfico y analítico hasta entonces poco frecuente.

Una de las expresiones más fecundas de ese compromiso fue su decisiva participación en la creación y dirección del Centro de Estudios Paisaje y Territorio, así como su relevante aportación a la Comisión del Paisaje Cultural del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. A través de estas instituciones, Zoido mostró que la ordenación del suelo, el urbanismo y la gestión del paisaje debían responder a principios de gobernanza democrática, equilibrio social, conocimiento experto y responsabilidad colectiva. Esa aspiración quedó condensada en una idea que ocupó un lugar central en su pensamiento: el buen gobierno del territorio.

Su trabajo contribuyó a tender puentes entre la universidad, la Administración y la sociedad. Supo convertir el conocimiento geográfico en una herramienta para interpretar conflictos, anticipar transformaciones y orientar decisiones públicas. En su concepción, planificar significaba también cuidar: reconocer los valores del territorio, comprender sus límites y atender a las necesidades de quienes lo habitan.

Un legado de proyección internacional

El nombre de Florencio Zoido ocupará un lugar destacado en la historia de las políticas y los instrumentos europeos de paisaje, territorio y patrimonio. Su visión práctica, su capacidad de trabajo en equipo, su profundo conocimiento y su lucidez metodológica motivaron su activa participación en la redacción de la Carta del Paisaje Mediterráneo, aprobada en Sevilla en 1992, y, de manera muy destacada, su intervención como experto en el comité redactor de la Convención Europea del Paisaje, suscrita en Florencia en el año 2000 bajo el auspicio del Consejo de Europa.

Este documento histórico, primer tratado internacional dedicado específicamente al paisaje en su conjunto, asumió algunos de los postulados éticos que Zoido defendió a lo largo de su trayectoria: la consideración del paisaje como un componente esencial de la calidad de vida, un derecho de la ciudadanía y una herencia colectiva que comprende tanto los espacios excepcionales como los paisajes cotidianos, transformados o degradados en los que transcurre la existencia diaria de las personas.

Su aportación fue decisiva para ampliar la noción de paisaje más allá de su dimensión estética o monumental. El paisaje pasó a ser entendido como una realidad compleja, resultado de la relación histórica entre las sociedades y el medio, y como un ámbito que exige políticas de protección, gestión y ordenación. Esa mirada permitió incorporar a la reflexión geográfica lugares y territorios tradicionalmente desatendidos, concediendo valor también a los espacios ordinarios donde se construyen la identidad, la memoria y la vida colectiva.

La despedida de un maestro

Florencio Zoido Naranjo fue un maestro en el mejor y más amplio sentido de la palabra y una brújula moral para la disciplina geográfica. Llegó a presidir la Asociación de Geógrafos Españoles y desarrolló una trayectoria científica e institucional de extraordinaria fecundidad. Sus publicaciones, entre ellas trabajos fundamentales sobre geografía, ordenación del territorio, paisaje y urbanismo, permanecen como textos de obligada consulta y como cimientos de la geografía española contemporánea.

Más allá de los honores y reconocimientos que recibió, merecidos aunque insuficientes para la magnitud de su trayectoria, permanecen el afecto y la gratitud de quienes tuvieron el privilegio de formarse, debatir y trabajar a su lado. Quienes compartieron con él las aulas universitarias, recorrieron los paisajes fluviales del Guadalquivir o participaron en los cursos de la Fundación Duques de Soria que dirigió recuerdan su compromiso, su excelente sentido del humor, su caballerosidad, su cercanía, su generosidad y su extraordinaria capacidad de trabajo.

Su modestia personal contrastaba con la trascendencia de su obra. Poseía una mirada amorosa, respetuosa y apreciativa hacia los paisajes y sus habitantes, una forma de observar que unía conocimiento, sensibilidad y responsabilidad. Sabía que todo territorio contiene huellas de quienes lo han vivido, trabajado y transformado, y que toda decisión sobre el espacio afecta de manera directa a la dignidad y al bienestar de las personas.

Su magisterio no concluye con su ausencia física. Perdura en sus discípulos y compañeros, en las instituciones que ayudó a construir, en los proyectos de investigación que impulsó, en los mapas, los planes y las directrices territoriales que llevan la impronta de su pensamiento, y en cada mirada que aprende a apreciar el paisaje como el hogar común de nuestra memoria colectiva.

Este artículo está incluido en el número 128-129 de la Revista Ábaco.
Pincha en el botón inferior para adquirir la revista.

Scroll al inicio