La fractura del espacio soberano: geopolítica, desplazamiento y urbicidio en las guerras civiles | ✎ Daniel Marías

FOTO: © Vyacheslav Argenberg. Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:War-damaged_buildings,_Beirut,_Lebanon.jpg

➔ Resumen del artículo publicado en el nº 128-129 de la Revista Ábaco

Daniel Marías
Geógrafo y Doctor en Humanidades

Introducción: el giro espacial y la multiescalaridad del conflicto civil

En el ámbito de las ciencias sociales, el análisis de las guerras civiles ha estado dominado tradicionalmente por aproximaciones cronológicas, historiográficas o politológicas centradas en las causas del colapso del Estado, las dinámicas de la polarización partidista o las lógicas de la negociación diplomática y militar. Estas lecturas, de carácter predominantemente lineal o institucional, tendían a relegar las coordenadas geográficas a la categoría de mero sustrato físico; el mapa era un contenedor fijo donde acaecían las batallas y se desplazaban los frentes. Sin embargo, en las últimas décadas, la geografía humana crítica y la sociología política de corte territorial han impulsado un definitivo «giro espacial» (Soja, 1989; Harvey, 2001) que propone entender el territorio no como un escenario pasivo o un telón de fondo inerte, sino como un factor dinámico, un agente moldeable y, de manera fundamental, el objeto último y constitutivo de la violencia política. Desde esta perspectiva, una guerra civil no constituye únicamente una crisis institucional o un enfrentamiento armado entre facciones; es, de modo radical, una reconfiguración violenta, traumática y profunda del espacio soberano y de las complejas relaciones humanas que en él se asientan, se legitiman y se reproducen.

Para articular con rigor este giro espacial, es preciso cruzar el vector de la territorialidad con el vector de la temporalidad. Una aproximación integral al conflicto fratricida exige una doble mirada metodológica: un análisis histórico capaz de desentrañar las cronologías del trauma y la persistencia de las postguerras, y un análisis geográfico orientado a descodificar las escalas del miedo y las fronteras interiores de la violencia.

Desde la perspectiva del análisis histórico, la conflagración contemporánea demuestra que la guerra se siembra en el lenguaje mucho antes de los primeros disparos. La historia comparada de conflictos como la Guerra Civil Española de 1936 —que este año alcanza su 90.º aniversario— o las guerras de disolución yugoslavas en la década de 1990, evidencia que el colapso militar es siempre el resultado de una lenta destrucción del tejido semántico. Asimismo, el análisis histórico desvela que el fin de las operaciones militares estables no clausura la violencia, sino que la transforma a través de las postguerras. El bando vencedor solidifica su posición mediante la imposición de mitologías políticas oficiales y la gestión punitiva de los archivos, perpetuando el conflicto latente en el terreno de la memoria cultural.

Por su parte, el análisis geográfico se adentra en el dónde y en el cómo la violencia altera materialmente la faz de la tierra. Mientras que los conflictos internacionales se dirimen en fronteras exteriores lineales, la guerra civil capilariza el frente hasta las escalas más íntimas de la existencia humana. El espacio geográfico deja de ser un contenedor pasivo para fragmentarse en miles de fronteras interiores, móviles e invisibles, observables tanto en los valles andinos y las selvas colombianas como en los enclaves militares y Estados de facto surgidos tras el colapso soviético en el Cáucaso. Estas mutaciones espaciales provocan un desarraigo territorial estructural a través del desplazamiento forzado, legando paisajes heridos y mapas de memoria fracturados.

Es precisamente en la intersección de ambos vectores donde el análisis multiescalar (macro, meso y micro) que se despliega a continuación cobra todo su sentido, permitiendo cartografiar las cicatrices materiales e ideológicas que la stasis graba a fuego en las sociedades fracturadas.

Para capturar esta complejidad, el presente ensayo aborda el fenómeno de las guerras civiles a través de una perspectiva estrictamente multiescalar, aproximación analítica indispensable para comprender cómo la violencia penetra y desarticula las diferentes capas del tejido social. La violencia de una conflagración intraestatal no se despliega de manera uniforme ni lineal por la geografía nacional, sino que opera y se retroalimenta simultáneamente en tres niveles geográficos diferenciados e interconectados. En primer lugar, a una escala macro, la geopolítica interna y la ecología política analizan cómo la desigual distribución de los recursos naturales y la quiebra de la soberanía territorial dividen el mapa de un país en feudos político-militares contrapuestos, erosionando la integridad del Estado moderno. En segundo lugar, a una escala meso, el conflicto altera drásticamente la geografía demográfica mediante el vaciado sistemático de regiones enteras, las migraciones forzosas y el uso del desplazamiento de poblaciones como una estrategia deliberada de control y castigo sociopolítico. Por último, a una escala micro, la investigación desciende al laboratorio microscópico de la ciudad, donde la guerra civil adquiere su rostro más íntimo, opresivo y devastador a través de la segregación del espacio público, la compartimentación de los barrios y la práctica sistemática del urbicidio. A través de este recorrido conceptual multiescalar, se demuestra que la destrucción, fragmentación y resignificación del territorio constituyen las herramientas esenciales para la desarticulación de la alteridad y la refundación violenta de las identidades colectivas en las sociedades fracturadas.

Dimensión macro: Geopolítica de los recursos y fractura del espacio soberano

El estallido de una guerra civil altera de manera inmediata y profunda la arquitectura de la soberanía estatal, transformando un territorio teóricamente unificado bajo una sola autoridad jurídica y constitucional en un espacio geográfico fragmentado, disputado y asimétrico. Desde la perspectiva de la geopolítica crítica, esta ruptura de la integridad territorial no responde única ni principalmente a divisiones de carácter ideológico, religioso o identitario, sino que se encuentra íntimamente condicionada y moldeada por la geografía económica y la estructura de los recursos del país en conflicto. La distribución espacial de las riquezas naturales, las redes de transporte y las infraestructuras críticas dejan de operar como activos de desarrollo nacional para convertirse en factores geopolíticos determinantes, los cuales dictan tanto la viabilidad material de las facciones insurgentes como la capacidad real de respuesta y resistencia por parte del Estado central.

En este nivel de análisis macro, las aportaciones de la ecología política de la guerra demuestran de forma fehaciente que las materias primas y los recursos estratégicos no funcionan como causas unívocas o mecánicas del conflicto, sino como variables geográficas que condicionan de manera directa su duración, su intensidad bélica y su morfología espacial (Le Billon, 2001). Para comprender esta dinámica, resulta útil atender a la tipología que clasifica los recursos según su accesibilidad y concentración geográfica. Los recursos denominados «difusos» o de difícil control espacial, tales como la producción agrícola extensiva, las masas forestales madereras o la ganadería tradicional, exigen por su propia naturaleza una presencia territorial amplia, descentralizada y costosa para poder ser gravados u explotados militarmente. Esto suele favorecer dinámicas insurgentes basadas en la guerra de movimientos, la dispersión de fuerzas y el establecimiento de administraciones rebeldes rudimentarias y móviles en áreas periféricas o de difícil acceso para el ejército regular.

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El artículo completo está disponible en el número 128-129 de la Revista Ábaco.
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