José C. Silvestre Lugo
Profesor en la Escuela de Arquitectura
Universidad Politécnica de Puerto Rico

Desde el encuentro de razas, conquista y ocupación del actual Caribe Hispánico y las Américas a finales del siglo XV, la producción de una arquitectura que satisficiera las necesidades de la nueva empresa europea de colonización y habitabilidad constituye la principal prioridad para el control de los nuevos territorios. Habiendo recién reconquistado su territorio peninsular, España encabeza la exploración y conquista, y por ende, produce las primeras manifestaciones edilicias, comenzando en la Isla de la Española1. Dos vertientes surgen de este evento: la adaptación de las técnicas constructivas indígenas y la importación de las técnicas constructivas europeas, ambas utilizando los materiales disponibles del lugar conquistado. O sea, que las primerizas estructuras que van apareciendo en los distintos paisajes son un elocuente ejemplo del hoy muy popular término de sustentabilidad.

El acceso a los recursos materiales en los territorios conquistados define rápidamente el avance en un temprano siglo XVI de la presencia arquitectónica en el contexto caribeño y subsiguientemente en la naciente Latinoamérica. La primada Catedral de Santo Domingo, así como las etapas iniciales de la Iglesia conventual Dominica de Santo Tomás de Aquino (hoy Iglesia San José) y los primeros espacios de la Catedral de San Juan en la recién fundada ciudad de San Juan de Puerto Rico –todos estos en sillería de piedra en estilo gótico tardío– desfilan como las primeras muestras del gran dominio de los maestros constructores. Complementado con las primeras obras defensivas sanjuaneras ante la amenaza de los enemigos continentales, todas estas las masivas estructuras contrastan con una modesta fábrica en tapia y material vegetativo que en conjunto fueron mostrando el panorama urbano que fue ocupando el milenario y eficaz trazado en retícula. Una aún vigente influencia medieval, producto de la preferencia de las autoridades de la corona española, define la conservadora e introvertida imagen de las primeras estructuras religiosas y de defensa que se construyen. De esta época se destaca la construcción original (gran parte de ella aún existente) del Palacio de Santa Catalina/La Fortaleza, conocida previamente como el fuerte La Fuerza. Edificada en 1533 como unas de las primeras obras de defensa de la ciudad, sus torres cilíndricas coronadas con almenas y sus gruesos muros encerrando un cuadrado patio interior son un testimonio de ello.

Lo anterior se produce luego de una luchada pero exitosa reubicación desde el sur de la futura bahía de San Juan a principios de la década de 1520, en el momento en que el disfuncional asentamiento de Caparra, fundado en el 1508 por el conquistador de la isla y primer gobernador, Juan Ponce de León, cesa su existencia. Esto abre el paso al desarrollo de la naciente ciudad de San Juan, convirtiéndose en el nuevo centro administrativo de la Isla de Puerto Rico. Mientras tanto, el surgimiento de un rico situado de México y Perú y la subsiguiente expansión de la empresa de conquista, sumado al rápido agotamiento del preciado oro, hace zozobrar su aspiración civil. Por otro lado, privilegiada por su ubicación norteña y al oeste de la isleta de San Juan como entrada a hacia las posesiones españolas, para la joven ciudad se establece una prioridad militar. Esta garantía sin embargo constituye su condena, junto con el resto de la Isla de Puerto Rico, a un largo periodo de economía de subsistencia y el énfasis de uso como plaza de defensa. El doble ataque militar inglés a finales del siglo XVI y un tercer ataque holandés en 1625 catapulta la construcción que la prioridad militar exigía, comenzando el cercado amurallado en torno al estancado paisaje urbano. Estas construcciones continuarían la función de las almenadas estructuras de Casa Blanca, La Fortaleza y el Torreón del Morro. Cabe destacar que de éstas, el fuerte de la Fuerza resulta ser la más deficiente, por lo que pasa a ser desde el 1644 residencia del gobernante insular, función que le ha acompañado hasta el presente.

En el contexto de la construcción de la hoy existente Puerta de San Juan y sus inmediaciones amuralladas comenzando en la década de 1630, el complejo religioso Franciscano iniciado en la siguiente década es de los pocos agentes de crecimiento intramuros. Lamentablemente perdidos a principios del siglo XX, su iglesia de influencia barroca y convento constituyen el catalítico del crecimiento de la ciudad hacia el Este. Aún completándose este complejo religioso con la existente capilla poco más de un siglo después, el escaso desarrollo urbano en el siglo XVII era palpable comparado con las colegas ciudades amuralladas dentro de la red de enclaves urbanos caribeños y latinoamericanos. Con el paso de las décadas y al irse cerrando el cerco amurallado, gradualmente se van divisando en las manzanas ciudad de San Juan la construcción de unas austeras casas que se van acumulando una al lado de la otra formando el conjunto de fachadas que van ampliando el paisaje urbano. En conjunto con este suceso, un espacio abierto central de vegetación y de huerto actúa como la génesis del patio interior que cada construcción adopta al irse densificando el tejido urbano en los dos siglos subsiguientes. La notable división social que establece la variedad visual de materiales de construcción y alturas que las estructuras se evidencia en la mitad Oeste en torno a la Catedral, donde se establecen los enclaves de los habitantes de mayor poder adquisitivo, mientras que al Este, en torno al complejo religioso Franciscano se ubican las clases de menores recursos. Por lo tanto, las casas de cal y canto con techo de tejas o azotea de los primeros contrastan con las modestas residencias de los segundos en madera y paja, influenciadas por las predecesoras estructuras indígenas taínas, sobre todo en la subdesarrollada sección Noreste.

Ante la imponente presencia amurallada que comienza a definir la identidad paisajística citadina hasta nuestros días, las casas de cal y canto con techo de azotea van paulatinamente ocupando el paisaje durante el periodo dieciochesco, donde las expansiones de fronteras de ocupación del terreno insular y la fundación de nuevos pueblos comenzaba a asomarse en el horizonte. Mientras tanto, en San Juan, contrastando con las escasas construcciones civiles y religiosas, encabezadas por el tímido barroco del Hospital de la Concepción el Grande y de la Capilla del Cristo, el siglo XVIII atestigua la terminación de las murallas y la remodelación de los castillos San Felipe del Morro y San Cristóbal entre mediados de finales de dicho siglo. Con ello, con la aceleración constructiva en todos los sectores, el crecimiento demográfico y la ventaja de la inversión de recursos del situado de México, dicho periodo sirve de plataforma a un siglo venidero con la más intensa campaña de obras y reformas que han de crear la inmensa mayoría del entorno histórico que heredamos. De estos sectores, esta avanzada constructiva contribuye a fortalecer el sector civil, público y privado, que en conjunto con el desarrollo de una reglamentación particular para la ciudad, propician un enriquecimiento paisajístico urbano alejado de las alicaídas Leyes de Indias. Un necesario plan de pavimentación para las calles comienza a tomar forma en esta época, siendo símbolo del reenfoque hacia las mejoras de infraestructura y el embellecimiento de la cuidad. La variedad de materiales que se utilizan a partir de ese momento culmina con la instalación en la segunda mitad del siglo siguiente de los famosos adoquines ingleses. También es de notar la gran cantidad de planos que se producen, identificando las obras de fortificaciones, topografía, infraestructura y las manzanas que quedaban sin consolidar, sirviendo de menú para el inventario de las próximas obras que terminarían de definir el definitivo paisaje urbano citadino.

Si en las últimas décadas del siglo XVIII se caracteriza por la fundación de nuevos pueblos y por ende la proliferación de las construcciones civiles, institucionales y religiosas en la ciudad de San Juan y a través del territorio insular, su manifestación decimonónica, sumándole obras de infraestructura, es una compleja, diversa y más que llena de producción. La complicada e inestable situación política española y la pérdida de sus posesiones al otro lado del Atlántico, y por ende, el subsidio del situado mexicano, provoca una obligada y largamente adeudada atención a la isla de Puerto Rico, que en conjunto con la isla de Cuba, son las únicas posesiones caribeñas a partir de la década de 1820. La real Cédula de Gracias de 181515, junto a los esfuerzos pocos años antes del puertorriqueño Ramón Power y Giralt como el primer diputado de la isla ante las Cortes de Cádiz se convierte en el paradigma que impulsa el ansiado desarrollo económico insular basada en la producción local y la apertura hacia el comercio internacional. Una resultante creciente población local y del exterior que entraba con su capital económico, material y humano detonaron el intenso nivel de actividad económica y edilicia en todo el territorio isleño. La agricultura, la ganadería, la producción de azúcar, el café y en menor grado el tabaco, así como la estructura de trabajo forzado impuesta por las autoridades propician el cambio de una economía de subsistencia a una de producción. Viendo estos sucesos en el panorama, el gobierno de la metrópoli y los gobiernos municipales se aseguran en impulsar proyectos de documentación y fundación de nuevos pueblos, además de la construcción y reformas de edificios institucionales, sistemas viales, acueductos, puentes y faros que rápidamente, junto con la construcción privada, va enriqueciendo el acervo documental y patrimonial puertorriqueño. Un estilo neoclásico, acogido por el reinado de Isabel II, se propaga rápidamente por toda la isla, por lo que aplicando esto en el contexto citadino sanjuanero, las autoridades dirigen las reformas de la remendada residencia del gobernador hacia una imagen palaciega renacentista, convirtiendo el antiguo fuerte La Fuerza en el Palacio de Santa Catalina, La Fortaleza. Se suman al repertorio las reformas de la alcaldía y las nuevas construcciones de la Real Intendencia, Plaza del Mercado, Cuartel de Ballajá, entre otros. Esto a su vez, repercute en la fábrica del tejido urbano civil, donde bajo la reglamentación vigente, los propietarios privados proponen y llevan a cabo obras que resultan en la consolidación de los bloques restantes y la reforma de estructuras existentes, alineando sus fachadas con las calles. Se complementan estos sucesos con una serie de cambios sociales propiciados por la ilustración europea. El deseo de la población por el entretenimiento, la educación, la información, la literatura, las artes, el periodismo, así como el surgimiento de los movimientos políticos, provocan la necesidad de manifestar una arquitectura que albergase estos nuevos intereses de la naciente sociedad puertorriqueña. Estos cambios promueven las obras publicas del Coliseo Municipal (hoy Teatro Alejandro Tapia y Rivera), el Paseo de la Princesa, la continuación de la pavimentación de las calles y las plazas para reforzar el carácter cosmopolita sobre el militar de hace tres siglos. La culminación de estas obras en la secuencia arquitectónica española anteceden sin embargo al endurecimiento de la política de gobernanza española, dado los diversos eventos de independencia de naciones vecinas y el aplacado grito de Lares de 1868. La abolición de la esclavitud temprano en la década siguiente y la gradual concesión de autonomía política a la isla en la antesala de la guerra Hispanoamericana proveen el telón de fondo para las últimas décadas de producción arquitectónica bajo el mandato español. Los macizas estructuras de mampostería de piedra y ladrillo a través de los pueblos vis a vis las casas criollas en todas sus manifestaciones, desde las suntuosas frente a las plazas de recreo hasta las más sencillas en varios contextos; las emergentes haciendas, sobre todo las azucareras en vías de convertirse en centrales décadas más tarde, junto a los ya mencionados proyectos de infraestructura, auguran un Puerto Rico con un inventario edificado a manos llenas previo al cambio de mando norteamericano en las postrimerías del siglo XIX.

El artículo completo está disponible en el número 104 de la Revista Ábaco.
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