Pensar sin delegar: pensamiento crítico e inteligencia artificial | ✎ Laura Bujalance

Artículo Pensar sin delegar: pensamiento crítico e inteligencia artificial

FOTO: Patio del Christ’s College en la Universidad de Cambridge.

Reseña del artículo publicado en el nº 127 de la Revista Ábaco

Laura Bujalance
Licenciada en Filosofía y Profesora de la Universidad Rey Juan Carlos

Hay una escena que cualquiera que haya pisado una universidad en los últimos años puede reconocer: un estudiante que entrega un trabajo impecable, bien estructurado, sin errores de sintaxis, con las citas en su sitio, y que sin embargo no sabría defender ninguna de las ideas que contiene. El trabajo existe. El pensamiento, no.

Laura Bujalance, profesora de filosofía e historia de la ciencia en la Universidad Rey Juan Carlos, arranca desde esa escena —no la describe así, pero late debajo de todo el artículo— y se pregunta qué es exactamente lo que se pierde cuando alguien delega en una máquina la tarea de pensar por escrito.

Su respuesta no es la que cabría esperar de un texto académico sobre inteligencia artificial. No hay aquí ni alarmismo tecnófobo ni entusiasmo ingenuo. La tesis de Bujalance es más incómoda que cualquiera de esas dos: el problema no es la IA generativa. El problema llevaba mucho tiempo ahí antes de que la IA llegara a las aulas, y la IA simplemente lo ha hecho más visible.

¿Qué problema? Que la universidad lleva décadas confundiendo el resultado con el proceso. Que hemos construido sistemas de evaluación pensados para medir productos —trabajos, exámenes, presentaciones— y hemos descuidado las condiciones bajo las cuales alguien aprende realmente a pensar. Bujalance recupera aquí a John Stuart Mill, que en 1859 advertía de que una opinión aceptada sin examen, aunque sea verdadera, corre el riesgo de convertirse en una convicción inerte, sostenida por hábito más que por comprensión. La IA no ha inventado esa inercia. La ha industrializado.

El artículo introduce en este punto una distinción que vale la pena señalar: hay una diferencia entre producir un discurso con apariencia de reflexión y ejercer efectivamente el pensamiento crítico. Harry Frankfurt, en un breve ensayo famoso titulado On Bullshit, ya había señalado que el peligro específico del discurso indiferente a la verdad no es que mienta, sino que prescinde por completo de la pregunta por la verdad. Un texto generado por IA no miente necesariamente, pero tampoco se ha preguntado nada. Cumple criterios formales sin haber pasado por ningún trabajo real de elaboración. Y si eso es lo que la universidad premia, la IA no hace más que optimizar el juego al que ya estábamos jugando.

Desde aquí, Bujalance da un giro que es el más interesante del texto: en lugar de preguntar cómo proteger el pensamiento crítico frente a la IA, propone invertir la pregunta y pensar en qué condiciones el uso de IA puede hacerse sin erosionar ese pensamiento. La diferencia no es retórica. Significa que la herramienta no es el problema central, sino la relación que el estudiante establece con ella. En determinados contextos, una IA puede funcionar como interlocutor que obliga a explicitar supuestos, a confrontar objeciones no consideradas, a articular mejor las propias razones. Entendida así, no sustituye el pensar sino que puede activarlo, del mismo modo en que un buen debate o un libro difícil también lo hacen.

Lo que el artículo defiende, en el fondo, es una visión del pensamiento crítico como práctica antes que como competencia. No es algo que se tenga o no se tenga, ni algo que se evalúa con una rúbrica. Es un hábito que se desarrolla en condiciones específicas: cuando hay que defender una posición ante otros, cuando el error tiene consecuencias, cuando la incertidumbre no se elimina sino que se asume como parte del proceso. La filosofía, argumenta Bujalance, ha sido históricamente uno de los espacios donde esas condiciones se han cultivado de forma más explícita, precisamente porque pone en el centro la pregunta por las razones y no solo por los resultados.

El artículo no tiene la pretensión de resolver nada, pero sí desplaza el debate hacia donde debería estar: no en la tecnología, sino en qué tipo de formación queremos y qué estamos dispuestos a exigir, tanto a las instituciones como a nosotros mismos.

El artículo completo está disponible en el número 127 de la Revista Ábaco.
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