Extracto del artículo publicado en el nº 124 de la Revista Ábaco

José Pérez Adán
Catedrático de Sociología
Rector de la Universidad Libre Internacional de las Américas ULÍA

El común 1. Subrayando su importancia

El común sociológico es difícil de definir y acotar. No nos a referirnos ni el concepto filosófico de bien común ni al concepto económico de bienes comunes, ambos ya muy trabajados en la literatura académica. Tampoco a la salud social, que es como entiendo que deberíamos referirnos los sociólogos a los bienes sociales. Al común sociológico le vamos a llamar simplemente común. Y es algo que estamos perdiendo, una riqueza de la que hasta hace poco tiempo gozábamos sin darnos cuenta. Al común nos referimos con palabras al uso que no lo reflejan cabalmente, pero que sirven para mantener una comunicación al respecto e iniciar la introspección. Así, por ejemplo, hablamos del aire, el aire de tal grupo, del aire de tal familia. Hablamos también del ambiente, del ambiente que se vive o respira allí, distinto del que captamos en otra situación o configuración social. Hablamos también del ámbito, el ámbito en el que entramos al introducirnos a un lugar determinado donde hay o acude un grupo de gente concreta. Y hablamos también, en este sentido, del entorno que configura una determinada ordenación del espacio como consecuencia del obrar humano. Pero son términos que no hacen propia justicia al común.

El común, podemos decir, es eso que distingue la casa del hogar, el cesarismo de la república, o una plantación de pinos de un bosque de pinos. El común es intangible las más de las veces, inmaterial muchas otras, en ocasiones invisible, pero que está presente y que sentimos como la nota social de referencia que da una marca. Por eso hemos dicho que el común es difícil de definir. Cuando perdemos de referencia el común, cuando no valoramos el común, cuando además de esa invisibilidad material, el común pasa a ser o a tener también una invisibilidad conceptual en nosotros, perdemos mucho, porque perdemos referencias, reconocimiento, sentido, confianza, seguridad, pertenencia, y dependencia: una dependencia positiva o identitaria, que algunos llaman arraigo. Entonces, en lugar de esa confianza que brinda la comodidad de lo propio que surge al darse cuenta y hacerse cargo de una nota social distintiva, nos encontramos con el auge de la sospecha en entornos que trucamos ajenos, al afirmar, por contraposición, una autonomía desnortada.

Es verdad que hay comunes imposibles de pasar por alto y que damos por supuesto sin mayor reflexión, caso del que propicia una lengua o unas regimentaciones precisas referidas al trato, las rutinas públicas, o la misma apariencia, aun sea meramente material. Pero estos comunes de gran espectro pueden también acatarse como extraños o impuestos sin causar vinculación o rechazo explícito. Nos referimos aquí, más bien y, sobre todo, a los comunes de andar por casa en las relaciones de proximidad, y que marcan la diferencia entre quien respeta y quien abusa o desprecia una pertenencia colectiva. Quien la aprecia y, en su caso la acoge o no, y quien la critica y rechaza con posible mediación de daño. Un daño que se significa y que puede ser recíproco con la mengua de reconocimiento y la señalización personal adjetivada: antipático, egoísta, ególatra, impositivo, imperioso, raro, desconfiado, etc.

Hay un recuerdo de mi infancia que quizá explique lo que estoy tratando de decir. Cuando en aquellos años, de pequeñín, iba en los veranos a casa de mis abuelos al pueblo, me sorprendía que no cerrasen las puertas de las casas. Todas las casas eran de planta baja, y las puertas de las casas por la noche permanecían abiertas, y al preguntar la razón me decían: ¿para qué íbamos a cerrarlas si aquí nos conocemos todos?

Hoy en día, sin embargo, parece que las cosas han cambiado y han crecido los niveles de sospecha y desconfianza. En la proximidad inmediata ante un nuevo común a veces se piensa que es el común el que ha de adaptarse a uno, más que al contrario. Así, muchos ven en los comunes, barreras más que amparo. De resultas, parecemos menos adaptables por decisión expresa o implícita ambición impositiva, en la creencia ignota de que no haya ningún común que merezca nuestra aquiescencia devota. A muchos comunes cercanos, familiares incluso, los vemos como amenazas a la libertad de hacer los que nos venga en gana.

¿A qué se debe esta invisibilidad conceptual del común, esta pérdida del común en nuestros días? No hay que olvidar que estamos inmersos en un proceso de cambio cultural notable. Somos testigos del paulatino fin de la modernidad, una época cultural vigente desde hace ya más de tres siglos. Si nos preguntamos a qué se debe que no valoremos el común y que a sus contrarios les demos tanta importancia, entre otras causas, apuntaría a la impronta del neoliberalismo. Subrayo lo de neo porque distingo entre liberalismo y neoliberalismo. El neoliberalismo viene acompañado del individualismo, y el auge del individualismo se presenta como un obstáculo impenetrable frente al común.

Individualismo y comunidad son antitéticos porque el individualismo viene a reivindicar una autonomía excluyente. Y no digo que la autonomía sea mala, distingo autonomía de autodominio, y sí que afirmo que una autonomía exagerada, una autonomía, como digo, excluyente, es dañina, incluso, en ocasiones, perversa. Nos aleja entre nosotros, nos convierte en extraños, nos impulsa a deshacernos del común como un estorbo, infiriendo que, aun sea por añoso, debería ignorarse.

Además del auge del neoliberalismo, ha actuado también como causa del olvido del común el entendimiento competitivo de la libertad. Se oye mucho decir, es el tintineo de una campana que de vez en cuando resuena en la conversación, eso de que mi libertad llega hasta donde llega la libertad de los demás. Ese entendimiento de la libertad a modo competitivo implica el probable deseo de que, si la libertad de los demás no llegase tan lejos, la mía podría alargarse más. Esto es un error, las libertades no entran en competición entre sí. Mi libertad llega hasta donde llegue mi responsabilidad. Más allá de la responsabilidad no hay libertad, hay libertinaje, salvajismo, e incivilidad. Ese auge desaforado de la mentalidad competitiva al hablar de la libertad se puede traducir en esa frase que a menudo también se oye: que cada palo aguante su vela.

Mediando cualquier reunión humana, cualquier ajuntamiento, cualquier agrupación, se conforma un común. No solamente hay ahí individuos, los hay, pero además hay común. Y ese común es el barco, en el cual están los mástiles y las velas, y no es suficiente que cada palo aguante su vela si el común no se reconoce. En la singladura, si no todo está organizado, relacionado y coordinado, puede ocurrir que no solamente el barco no avance, es que puede incluso hundirse.

Nos pasa un poco esto. Tanto referirnos al sujeto individual que nos olvidamos del colectivo y de lo que ello implica. Decían los antiguos romanos cuando añoraban la república y desdeñaban el imperio recién devenido, que habían perdido libertades, que habían perdido el común, y remachaban que la causa directa de la pérdida del común era la privatización. El común se había repartido entre los estamentos del nuevo poder: se había privatizado sacándolo del referencial público para alocarlo bajo designios singulares. Ya no era de todos sino, en partes, de cada uno de los selectos.

Los efectos del neoliberalismo, del individualismo, de la autonomía excluyente, y de la libertad competitiva, han legado daños severos relativos al común. Y me gustaría apuntar dos que, a mi juicio, son particularmente importantes. Uno es la exclusividad, esa moda, esa nefasta moda vengo a subrayar, de no compartir. Estamos ante el entendimiento de una propiedad carente de deberes y celosa del privilegio excluyente. ¿Cuántas cosas, pensamos, podríamos compartir que no compartimos? Piense usted, pienso yo ahora, en instrumentos de uso diario o tecnologías y consumos, como compartir coche. Antes se hablaba del coche familiar, del automóvil familiar, ahora eso está más en desuso porque cada quien tiene el suyo. Ocurre lo mismo con el teléfono fijo sustituido por el celular o móvil particular. Bien, la exclusividad ha hecho mucho daño al común y no estoy diciendo que deberíamos de prescindir de cosas particulares. Sobre lo que estoy llamando la atención es sobre la necesidad de compartir. ¿Comparto yo lo que puedo compartir con los demás? ¿No agregaría eso valor al mismo común?

Hay aquí un ámbito de reflexión, a mi juicio, importante porque la exclusividad entendida como una manifestación exagerada del afán de independencia frente a los demás es antisocial. Ahora, en algunas ciudades, están obligando a que la gente comparta, me parece muy sano desde el punto de vista medioambiental, y dicen que no pueden entrar en tales áreas de la ciudad vehículos en los que vaya solamente una persona, o que no se puede cruzar el puente de acceso a tal sitio si va usted solo en su vehículo, ello en aras de reducir la contaminación. Eso nos da idea también del gran abuso que hemos hecho con la exclusividad. Una exclusividad que multiplica desaforadamente utensilios y que produce que haya utilidades en muchos hogares, en muchas agrupaciones, en muchas asociaciones, en muchas ciudades, y en muchos países, que pueden ser catalogadas de inútiles o sobrantes. Si compartiésemos un poquito más, tanta inutilidad redundante y dañina se vería reducida.

El otro efecto perverso además de este de la exclusividad y que daña gravemente al común es la externalidad. Es un concepto económico, la externalidad es la basura y el deshecho. La imagen de la externalidad es un gran basurero donde se acumula contaminación y residuo. ¿Y qué se hace con eso? Lo externalizo, como si donde acaba y se almacena ese desecho, ese basurero, ese aire o sustancia contaminada, no sea de nadie, o como si no existiese. Qué cosa más ilógica ¿verdad? La externalidad es un concepto económico que hace mucho daño a la misma ciencia económica y es un artilugio que han usado algunos, y que todavía se usa, para fijar precios fantasmas a los productos con la idea de competir con ventaja. Lo que cuesta la externalidad debería estar incluido en el precio y no lo está. Pero es que no hay aquí nada externo. En un mundo globalizado ¿qué es externo? ¿Hay algún sitio en el planeta que podamos decir que no es de nadie, que es externo a todos? No quiero entrar en ello, pero sí que deseo mencionar el tema de la radioactividad derivada de los desechos del uso de la energía nuclear. Quizá uno de los más graves efectos perversos que tiene el abuso de la externalidad. Hipotecar la vida de seres humanos durante miles de años simplemente porque esa externalidad me ha beneficiado a mí, ha hecho que mi energía sea más barata, es un tremendo e injusto abuso.

El común no solamente es un común sincrónico, es también diacrónico. El común, ciertamente, tiene una dimensión global, pero como estamos llamando la atención, porque es más operativo y didáctico, sobre el común cercano y próximo, hay dos conceptos que cabría mencionar, para ultimar centrar la atención en el tema desde una óptica moral. Uno es ese concepto que siempre ha asustado al pensamiento liberal cuando acusaba a los países de la órbita soviética de que tenían una afición desmesurada a la nacionalización, una nacionalización de los medios de producción entendida como monopolio estatal que privaba de responsabilidad individual. Es verdad que el común no es de nadie, pero es de todos, y, por tanto, no es del estado. El común no puede nacionalizarse. Si uno nacionaliza al común diciendo que ya se encargará de preservarlo y guardarlo el estado, o los organismos internacionales, o las futuras generaciones, de alguna manera lo que uno hace es robar.

Y en el otro extremo, el otro concepto, es la privatización del común entendida como desamortización de bienes. Es como decir, este ambiente, este aire, este espacio, pues me lo apropio, me lo apropio para cambiarlo con la idea de falsearlo y destruirlo a la larga para que no hipoteque mi libertad de actuación futura. Así, podré ignorar las reglas y usos implícitos a su existencia que veo como una amenaza a mi liberalidad, a hacer o imponer lo que me dé la gana, vamos.

No nos damos cuenta de que cuando intentamos que el común no nos moleste, de alguna manera, ponemos obstáculos a la civilidad, pues el común pertenece y es propio a la sociedad civil. En este sentido es algo real, algo presente en cualquier situación colectiva, algo valioso y que, como veremos de seguido, tiene directa influencia en nuestros niveles de humanidad, de respeto, de urbanidad, de confianza y de seguridad. Apercibámonos de la importancia del común. Esa invisibilidad desde el punto de vista material del común no puede tornarse en una invisibilidad conceptual. Tenemos la responsabilidad moral de detectarlo y valorarlo.

El común 2. La moral colectiva

En esta segunda entrada sobre el problema de la invisibilidad del común vamos a referirnos a un asunto anejo y derivado, cual es el olvido de las responsabilidades colectivas. Hay una frase de la biblia a la que tenemos que hacer necesaria referencia. Es la frase que da título también a un libro de memorias de Amitai Etzioni, uno de los grandes pensadores de este siglo y del anterior. La frase es: ¿Soy acaso el guardián de mi hermano? Es lo que Caín le dice a Dios cuando éste le pregunta por su hermano Abel a quien Caín ha matado. ¿Somos acaso guardianes de los demás? Pues sí, somos guardianes de los demás. Es un deber, es una responsabilidad colectiva porque en la medida en que somos seres sociales todos somos guardianes de todos.

Esto dicho en un contexto más o menos religioso suena generalmente bien. Ahora, si nos vamos a un contexto académico, político, o jurídico, puede encontrarse esta frase con algunas reticencias. Reticencias que han sido manifiestamente expuestas por el pensamiento liberal extremo. Las responsabilidades colectivas son algo que escandaliza al liberal, que no quiere ser responsable de nada de los demás. Pero es algo también que escandaliza a aquellas personas religiosas que piensan que la caridad es un compromiso de uno con Dios que deja a los demás al margen. Por eso san Juan Pablo II, cuando habló expresamente del pecado social y de las estructuras de pecado, tuvo tantos críticos dentro y fuera de la iglesia. Y no, hay que decirlo, y ahora se puede decir acudiendo a la autoridad de un santo, con claridad: el pecado social existe.

En lo sincrónico el pecado social no es la suma de los pecados individuales de un grupo social. Es un hecho que hay estructuras que, estando presentes en contextos sociales determinados, independientemente de que uno esté o no de acuerdo con ellas, de alguna forma, le hacen a uno responsable. Algo que denuncia y condena la pasividad, como cuando se piensa: bueno, yo no coopero con el mal, yo no coopero con esas estructuras de pecado, yo no coopero con los pecados de fulanito, de menganito o de ese grupo de personas, no, yo me mantengo al margen. Bien, pues eso no es suficiente porque algo hay que hacer so capa de evitar cooperar pasivamente con el mal.

Solo cuando uno hace algo al respecto, puede decir que esa responsabilidad de culpa deja de ser mía. ¿Pero es eso lo que ocurre? Así, pensando, por ejemplo, en el tema del aborto, en muchos países, se dice: no, yo no estoy de acuerdo con el aborto. Pero si yo pago impuestos a un estado que fomenta el aborto, ¿no estoy yo cooperando con el mal, participando de una estructura de pecado?

Nos estamos refiriendo al común y lo que estamos intentando recalcar es que no podemos independizar nuestras responsabilidades del común. Hay una frase, un dicho certero: escurrir el bulto, y aquí no cabe escurrir el bulto. Ante los males sociales que nos circundan, ante la pérdida, el olvido, la postergación del común, no vale escurrir el bulto. ¿Qué hay que hacer entonces?

Hay que hacerse presente en lo social como lo que uno es, y uno siempre es algo socialmente hablando. Uno es vecino, ciudadano, paisano, etcétera. Cualquier grupo al cual uno pertenezca implícita o explícitamente, un grupo formado por uno y alguien más ya es un grupo, conlleva un común, y, consecuentemente, una carga de responsabilidad. Cada quien conforma y pertenece a muchos comunes, quizá el más presente e inmediatamente cercano sea el de mi familia, pero también pertenezco al común de mi comunidad de vecinos, de mi barrio, de mi ciudad, de mi país, de mi parroquia, de mis colegas de profesión. Todos esos comunes dicen algo de mí, no solamente en el sentido de lo que uno puede hacer, sino también de lo que uno no debe hacer: del mí activo y del mí pasivo.

Adonde queremos llegar es que para cuidar el común debemos de poner en acto esos dos míes, el yo activo y el yo pasivo, el pasivo para que deje de serlo y el activo para que, a través de sus acciones, o de sus dejaciones conscientes, no solamente actualice sus responsabilidades para con uno mismo, sino también las responsabilidades para con los demás.

Esto se entenderá mejor si podemos poner algunos ejemplos concretos. ¿Cómo hacernos presentes para defender nuestros comunes? Pues dos palabras mágicas vienen al caso y son: discernimiento y resistencia. Discernimiento, en primer lugar, porque hay que tener la mente abierta, no hay que cerrarse. No estamos diciendo que la pérdida del común siempre sea un mal. Hay comunes negativos y comunes que están superados por el avance técnico y que deben dejarse atrás, y hay, por el contrario, que abrirse a otros nuevos comunes porque toda historia, toda circulación del tiempo a través de la sociedad, es cambio. Ahí tenemos que aplicar un discernimiento que nos lleve a tomar decisiones concretas, porque así es como se manifiesta mi vinculación con el común, en la decisión. Cuando yo escojo, cuando yo, en vez de una cosa elijo otra, moldeo mi vinculación con el común. El discernimiento nos debe de llevar a considerar si en este ambiente, en este entorno, en este momento en el que estoy con las personas incumbentes, yo puedo, o no, debo, o no, sacar el celular, el móvil de mi bolsillo y consultar algo, porque en el momento en el que lo haga puedo estar dañando un común relacional. Hay cosas que son de mera urbanidad, de mera buena educación, de civilidad, pero hemos de referirnos a estos asuntos también: quien no ve lo pequeño no ve tampoco lo grande. Así también, con el uso de las pantallas y demás artilugios monopolizadores de la atención. Cuando en las casas había un teléfono común y uno llamaba: ¿está fulanito, se puede poner?, era algo que vinculaba a un común, a toda esa familia. En entornos relacionales activos la atención es debida. Y lo mismo que decimos de las pantallas podemos pensarlo de las llaves de la caja, de las cuentas corrientes, etc. Hay que aplicar un sano discernimiento para que las decisiones que tomemos relacionadas a estos aspectos no dañen comunes que deben de ser salvados como el tesoro que son.

El artículo completo está disponible en el número 124 de la Revista Ábaco.
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