Entrevista publicada en el nº 107 de la Revista Ábaco

Marina Garcés
Filósofa y profesora titular en la UOC

David Porcel Dieste
Profesor de filosofía y colaborador de la Revista Ábaco

Marina Garcés (Barcelona, 1973) es filósofa y profesora titular de universidad. Actualmente es profesora en la UOC, donde dirige el Máster de Filosofía para los Retos Contemporáneos. Sus últimos libros son Un mundo común (Bellaterra, 2012), Filosofía inacabada (Galaxia Gutenberg, 2015), Fuera de clase (Galaxia Gutenberg, 2016), Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017, Premio Ciutat de Barcelona de Ensayo 2017) y Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg, 2018).

Su pensamiento es la declaración de un compromiso con la vida como un problema común. Por eso desarrolla su filosofía como una amplia experimentación con las ideas, el aprendizaje y las formas de intervención en nuestro mundo actual.

Su último libro, Escuela de aprendices (Galaxia Gutenberg, 2020), es una invitación sincera a la reflexión de lo que significa educar. ¿Quiénes son los aprendices de su escuela?
Los aprendices, son para mí, un punto de vista sobre la sociedad y sobre el mundo. El punto de vista que cualquiera de nosotros puede hacer suyo cuando entendemos que nuestros vínculos sociales se tejen a partir de lo que aprendemos unos de otros.

En su libro defiende el aprendizaje como aventura y experiencia compartidas entre alumno y profesor. ¿Cuál es el verdadero riesgo de aprender juntos?
El riesgo de aprender juntos consiste, por un lado, en que no sólo nos encontraremos en lo que sabemos sino también en lo que no sabemos. Y esto da miedo, inseguridad, sensación de vulnerabilidad. Atravesar estos peligros unos con otros hace iguales a los desiguales. Y éste es el segundo riesgo de aprender juntos: perder el poder sobre el conocimiento y sobre la ignorancia. Las relaciones de poder basadas en el monopolio del conocimiento quedan subvertidas.

Vivimos en la cultura de la hiperactividad, de la multitarea, de la aceleración, que valora a quien es más capaz de hacer más cosas en menos tiempo. Y así ocurre en educación, especialmente con la entrada a escena de las nuevas plataformas y entornos digitales. Y es que ahora parece que los profesores, afanosos y atareados, hemos de medir el valor de nuestros empeños por el grado de “seguimiento” que hacemos a nuestros alumnos. Un seguimiento que, especialmente tras la pandemia, se hace extensivo a las veinticuatro horas del día y que las paredes de las aulas ya no pueden contener. Sin embargo, como plantea en su libro, el aprendizaje es, esencialmente, una práctica receptiva y hospitalaria entre iguales, en la que lo importante no es la hiperactividad o el seguimiento sino la recepción. ¿Qué entiende por «receptividad» y por qué es tan importante cuidarla?
Me parece muy interesante contraponer la actividad de “seguimiento” a la de “recepción”, tal como planteas. Para mí educar es un arte de la hospitalidad que tiene como razón de ser acoger la existencia de otros, para que éstos puedan comparecer. Existir no es aún comparecer. Hay un camino muy largo y tortuoso, siempre lleno de peligros, para poder llegar a estar con otros, a dar la cara, a poder llegar, presentarse y poder participar de la vida en común, sin ser presa de la dominación, de la imposición de códigos y de la vergüenza de ser.

Y hablando de aprender a mirar desde otros puntos de vista, el otro día una alumna sobresaliente me confesaba que nadie debería sentirse orgullosa de ella por sus calificaciones. Yo no soy una nota, repetía una y otra vez. Este grito es el de muchos estudiantes que acaban doblegándose al imperativo de rendimiento y excelencia. ¿Qué le diría a esta alumna?
Conozco su sentimiento, yo también he padecido el estigma de la buena nota, como existe el de las malas notas. El problema es que el valor de quien somos o podemos llegar a ser para otros esté en un índice basado en resultados. La vida no es un resultado, ni siquiera cuando nos morimos. Es una relación constante con muchos matices y dimensiones en la que las formas de aprecio mutuo que podemos llegar a desarrollar son constantemente violentadas. Le diría, a esta alumna, como me podría decir a mí misma, que no deje de cultivar ni de compartir lo que de ella no cabe ni cabrá nunca en una nota.

Mi sensación como docente es que en los centros educativos se abordan y solucionan la mayoría de problemas creando comisiones, protocolos, modelos, reglamentos, órdenes, normas. ¿Pero no queda entonces el fondo de la cuestión intocado?
El sistema está muy bien preparado para no dejarnos tocar lo esencial. Cada vez trabajamos más horas y más intensamente, ahora con un montón de trabajo también para resolver telemática en casa, noches y fines de semana, pero ese plus no recae en una verdadera actividad transformadora. La sensación de muchos docentes, en todos los niveles del sistema, es que no tienen tiempo ni contextos para pensar en lo que hacen. Es muy grave. Es una hiperactivismo que se traduce en desactivación.

La educación une culturas, lenguas, historias, pero también las separa. ¿Cuáles son a su juicio los muros actuales de la educación?
Tenemos graves muros sociales, pues la segregación por barrios, tipos de escuelas, etc no sólo no disminuye sino que aumenta. Tenemos muros culturales, pues no se ha conseguido crear un verdadero puente entre las familias migrantes y las locales, más allá de determinados tiempos y espacios muy acotados. Tenemos muros mentales cada vez más abismales, porque la autorreferencialidad con la que consumimos informaciones, ideas y estilos de vida nos aleja más que acercarnos.

En su libro habla de recuperar la idea de la educación como forma de artesanía, buscando maneras de complementar teoría y praxis, contemplación y experimentación, pensamiento y acción. ¿Pero no son ámbitos distintos y, hasta cierto punto, irreconciliables?
La educación es un oficio que integra muchos tipos de saberes, de prácticas, de conocimientos, de experiencias… Por supuesto que cada uno de estos ámbitos de la actividad educativa tiene su especificidad y sus momentos, pero no se pueden divorciar. Si no, nos encontramos con pedagogos que no han pisado nunca un aula ni han sentido la presencia corporal de un alumno, y con maestros a quienes se emplea como meros instructores. Yo creo en las profesiones que nos cambian las formas de pensar y en las ideas que se forjan haciendo cosas.

Dice de la enseñanza que es una invitación, y una invitación a pensar juntos. No pienses como yo, piensa conmigo. Y es una invitación a compartir con el otro lo que verdaderamente nos importa. En este sentido la enseñanza es un acto de generosidad, y de generación. Sin embargo, es frecuente ver a maestros y profesores, especialmente en los niveles de primaria y secundaria, mantener una actitud inicial de hostilidad y desconfianza respecto de sus alumnos, viéndoles como enemigos a domesticar o como seres incapaces de alcanzar los objetivos propuestos. ¿Por qué es tan importante la imagen que tiene el profesor de los alumnos para su aprendizaje?
Los centros educativos son un lugar en el que se concentran muchos miedos. De los alumnos hacia las expectativas de sus profesores y del sistema. Entre compañeros, más o menos dominantes. Y también de los profesores hacia la presencia incómoda de los alumnos. La presencia de los alumnos es incómoda y tiene que serlo. Pero la tarea del profesor es convertir precisamente esta incomodidad en una oportunidad de aprendizaje y de transformación. Esto da miedo porque implica arriesgar e incomodarse también uno mismo como docente. Para esta tarea hay experiencia, pero no garantías.

El maestro tiene un poder enorme. Como sabiamente comenta en su libro, puede matar y salvar vidas humanas, proyectos, destinos individuales. En este sentido, asemeja al médico que puede curar o dañar una vida para siempre. Sin embargo, la percepción social que se tiene del profesor es la de un funcionario que da sus clases y tras su jornada se retira a descansar. ¿Por qué nadie habla del componente trágico de nuestra profesión?
Por lo que decíamos hace un momento. Se intenta presentar la tarea docente como una técnica aséptica, basada en procedimientos y evidencias, objetivos y resultados. Cuando entramos en relación directa con la existencia de otros a través de una institución tan fuerte como es la educativa, el poder es enorme y como dices tú, trágico. Por eso es a la vez tan importante, tan delicado y tan mágico.

¿Ve en los nuevos entornos digitales una amenaza contra la escuela como lugar de descubrimiento y confrontación?
Por sí mismo, los entornos digitales no tendrían que ser una amenaza. El problema no es la tecnología sino quién la construye, quién la vende y para qué fines e intereses. Actualmente tenemos un asedio no de la tecnología sino de determinadas corporaciones que hacen negocio con la implementación cautiva de sus tecnologías y con un extractivismo de datos que nos convierte a todos, también en las aulas, en su principal recurso económico. En este sentido, es un peligro muy serio, que va transformando la escuela bajo la apariencia de estarla actualizando.

Entonces, ¿cuál es hoy día el mayor enemigo de la escuela? ¿Podremos distanciarnos de él lo suficiente para combatirlo?
El mayor enemigo de la escuela, hoy, son el desánimo y la indiferencia. Hay impotencia y cansancio, tanto de los docentes como de muchos jóvenes que reciben y entienden el mensaje de que sólo están entreteniendo un tiempo de su vida, más o menos alejado del conflicto, y aplazando su irrelevancia social. Combatir este enemigo es analizar las causas de esta situación y atacarlas en cada contexto.

Como explica en su libro nuestra cultura es patrimonialista y acumulativa. Hoy día tiene valor lo que se puede incrementar, incluso el conocimiento que se acumula en templos analógicos y digitales del saber, como escuelas, universidades, museos y bibliotecas. Sin embargo, usted parece invitarnos a abrazar lo incomprensible, el misterio de las cosas, la conciencia de la ignorancia. ¿Por qué cree tan importante integrar lo incomprensible en nuestras vidas?
Si no integramos lo incomprensible en nuestras vidas siempre seremos presa del miedo: buscaremos garantías, seguridad, ideas fuertes, posiciones únicas. Y ésto sólo nos lo puede dar quien ejerce el poder en cada contexto. La emancipación no es poder llegar a hacer lo que uno quiere, sino podernos relacionar sin miedo con lo que no entendemos.

¿Y cómo podemos preparar a nuestros alumnos para lo desconocido?
Compartiendo, también, lo que no sabemos. Un maestro que no tienen miedo a no saber abre un vacío para que sus alumnos alimenten su curiosidad, sus ganas de ir más allá, su valentía y al mismo tiempo su humildad.

Sus alumnos, ¿le hacen cada día ser mejor persona?
Por supuesto. Y no hay que idealizar ni romantizar la relación con los alumnos, como si estuviéramos en una película de profesores heroicos. La relación con los alumnos pienso que nos hace mejores porque nos exigen situarnos en un tiempo que no es solo nuestro y nos muestra por lo tanto nuestros propios límites. En esto consiste, para mí, aprender de ellos y con ellos.

Y una invitación a la esperanza: ¿Cómo sería para usted una escuela ideal?
Una escuela ideal es una escuela que escuche.