Extracto del artículo publicado en el nº 111 de la Revista Ábaco

Eduardo Infante Perulero
Filósofo, escritor y profesor

El hábitat del ciudadano

Schelegel afirmaba que todo el mundo ha encontrado en Grecia lo que estaba buscando. Especialmente a sí mismo. Busquemos, por tanto, en las costas del Egeo, porque fue precisamente allí
donde nacieron nuestras ciudades.

La ciudad es el más sofisticado, lúcido y maravilloso invento griego. Pero, ¿no existieron ciudades con anterioridad? Babilonia, Uruk, Ciro, ¿acaso no fueron ciudades? ¿No existían ya ciudades en Persia o en Egipto? La respuesta es no, por dos razones: la primera es que, en estos lugares, las personas vivían juntas, pero no unidas. Y la segunda es que en ellos no habitaban ciudadanos. Por tanto, podemos definir la ciudad como el hábitat del ciudadano y al ciudadano como aquel que no es súbdito. ¿En qué se diferencia el ciudadano del súbdito? ¿No obedecen ambos unas leyes? Pues sí, ambos están sometidos al poder de la ley, pero la radical diferencia es que obediencia del ciudadano es voluntaria. La obediencia voluntaria a la ley es la esencia de la condición política de la ciudadanía.

Aunque la ciudad griega se derrumbó con el advenimiento del imperio de Alejandro, el proyecto político nunca murió; se mantuvo vivo durante la República romana, en las ciudades italianas del renacimiento, hasta que la Ilustración lo revindicó, lo restauró y lo reformuló. Kant, uno de los más fervientes defensores de la ciudad, la definió como el lugar en el que los que obedecen la ley son, al mismo tiempo, legisladores, de tal manera que, obedeciendo la ley, no se obedecen más que a sí mismos y, por tanto, son libres.

En la ciudad, el concepto de ley y el concepto de libertad deben coincidir de tal manera que el ciudadano se convierta en un colegislador. Lo que nos define como ciudadanos no es habitar en un espacio urbano con una alta densidad de población, ni disponer de unos determinados servicios, de actividad comercial y de industria. Lo que nos hace ciudadanos no es poder comprar en una gran superficie, ni siquiera la posibilidad de elegir a nuestros representantes cada cierto tiempo, sino ejercer el poder de legislar junto con otros.

El problema principal al que se enfrentaron los primeros ciudadanos fue el de cómo edificar la ciudad buena. El ciudadano Sócrates, quien sigue siendo nuestro mejor referente, llegó a la conclusión de que la ciudad virtuosa solo puede construirse con ciudadanos virtuosos y que, por tanto, la política es inseparable de la ética. Y lo cierto es que no ha habido otra cultura que diese tanto valor a la educación del ciudadano como la griega. “Ser ciudadano griego” no significaba pertenecer a una determinada raza o haber nacido en algún lugar de Grecia; de hecho, uno podía venir al mundo en el norte de África, en el levante español o en el sur de Italia y, sin embargo, ser considerado “ciudadano griego”. Ser ciudadano griego significaba haber recibido una misma educación, una formación que capacitaba para ejercer el autogobierno en la comunidad de hombres libres. Educación y ciudadanía van indisolublemente unidas y, por ello, todo joven debía prepararse para llegar a ser un ciudadano competente.

El ciudadano ha de ejercitarse como lo hace el atleta que desea adquirir las destrezas necesarias para una determinada práctica deportiva. Por eso, para un griego, el tiempo de ocio no es un tiempo para el entretenimiento, sino para el cultivo del hombre libre; no para consumir mercancías en cualquiera de sus múltiples formas sino para desarrollar las virtudes y habilidades propias de un buen ciudadano. Nadie discierne, juzga, argumenta y consensua de forma espontánea. Es algo que se aprende y que se entrena.

El ciudadano griego se ejercitaba en el gimnasio, y por esta razón, era cosa fácil toparse con Sócrates en este espacio, porque el gimnasio es el lugar del filósofo en la ciudad. La filosofía es la gimnasia del ciudadano. El gimnasio era el espacio donde los ciudadanos se encontraban y entrenaban juntos. El cuerpo con la gimnasia, el espíritu con la música y el juicio mediante la filosofía. En un gimnasio se hacía deporte, se daban consejos de nutrición y de medicina, se practicaba la danza o la cítara, se asistía a conferencias de toda índole y, sobre todo, se dialogaba. En los gimnasios tenía lugar un auténtico intercambio espiritual que abonaba el alma de las gentes que allí se reunían para que floreciesen en ellas valores y virtudes:

Los gimnasios eran lugares más importantes que cualesquiera otros, pues en ellos se reunía la gente de un modo regular (…) La atención se abría a los problemas humanos de carácter general (…) El espíritu, con toda su fuerza flexible y su suave elasticidad, podía desplegarse allí (…) Surgió así una gimnasia del pensamiento que pronto tuvo tantos partidarios y admiradores como la del cuerpo y que no tardó en ser reconocida como lo que ésta venía siendo desde antiguo: como una nueva forma de paideia1.
Para que Sócrates pueda volver a instruirnos necesitamos construir en nuestras actuales ciudades un espacio público como el que los antiguos griegos edificaron. Nuestros actuales gimnasios han quedado reducidos al cultivo del cuerpo y nuestras escuelas priorizan los saberes productivos, un tipo de conocimiento que es más propio de siervos que de hombres libres. Si queremos que la virtud pública vuelva a germinar necesitamos dotarnos de lugares donde cultivarnos juntos como personas libres, embellecer la vida, engrandecer el espíritu y dialogar.

El diálogo filosófico que se ejercitaba en el gimnasio capacitaba para participar posteriormente en el diálogo político que tenía lugar en el ágora cuyo objetivo era el de identificar el bien común. La plaza pública es el lugar donde se construyen los proyectos comunitarios. Por tanto, es el bien común, el proyecto comunitario, el que da sentido a la ciudad.

El bien común

El ser humano es el animal que viene al mundo más pobre, vulnerable e interdependiente. Su condición de nacimiento es la indigencia y es por ello que, para sobrevivir, necesita formar parte de un todo mayor. Esta sociedad que lo acoge y suple sus deficiencias no tiene por qué ser la ciudad. La nación, mucho antes que la ciudad ha acogido al individuo en su precariedad. La nación, del latín nasci (nacimiento) es una comunidad basada en el nacimiento que nos inserta en una tradición, herencia cultural, historia, pasiones y sentimientos, en definitiva, una manera particular de ser humano. La nación, como advertía Jacques Maritain, no alcanza la ciudad, lo político, porque ni está unida por el bien común ni apela a la libertad y a la conciencia personal. La idea de ciudad como cuerpo político pertenece a un nivel superior y es distinto a la comunidad nacional. El fin de la nación es la autoconservación mientras que el fin de la comunidad política es el bienestar público. Cuando la ciudad se ha identificado con la nación, sustituyendo los lazos universales de la ley por los particulares de la raza, ha degenerado en una maquina totalitaria capaz de las mayores atrocidades. En cambio, cuando en una comunidad política se han fortalecido los lazos entre sus miembros mediante la amistad cívica de la que nos hablaba Aristóteles, de ella ha emergido una forma de comunidad de un orden superior.

Pero la condición de nacimiento del ser humano no es solo la indigencia, también nace abierto a posibilidades y a perfecciones que solo se pueden desarrollar en la ciudad. La ciudad es una obra de la razón construida para el bien común de sus miembros. No deberíamos confundir el bien común con el interés de la mayoría, que solo es la suma de una serie de intereses particulares. El bien común es otra cosa bien distinta: son las condiciones sociales necesarias para que todos y cada uno de los individuos de una comunidad puedan alcanzar su máximo desarrollo, su plenitud como seres humanos, la mejor versión de sí mismos. Aristóteles no nos definió como animales sociales, sino como animales políticos. Ser un animal político no significa tan solo ser un animal gregario, obligado a vivir junto a otros por su condición de vulnerabilidad e interdependencia, sino afirmar que solo podemos alcanzar nuestra plenitud, nuestra auténtica humanidad, en la ciudad. Pues bien, insistimos, el conjunto de condiciones necesarias para alcanzar una vida humana digna es a lo que nos referimos cuando hablamos de bien común.

En ningún caso el individuo puede ser un medio para alcanzar este bien. Es más, si así fuese, el bien común se desvirtuaría para convertirse en una de las más terribles forma de alienación. El único fin del bien común y, por consiguiente, de la política, es la persona. Lo bueno para la comunidad solo puede ser aquello que es, a su vez, bueno para las personas que viven en ella. Del mismo modo, los individuos no han olvidar que no pueden alcanzar su bien a expensas o fuera de su comunidad. En tanto que el bien común debe ser a la vez el bien de la sociedad y el de sus miembros, la comunidad es el medio que los individuos crean para alcanzar una vida humana digna. La comunidad no existe a priori, es un ente que surge cada vez que un grupo de personas se reúnen para identificar y construir el bien común. Formamos parte de una comunidad en tanto que compartimos una misma idea de bien. El bien común se ha de buscar y producir entre todos, sobre lo que todos deben dialogar; por tanto, toda comunidad ha de estar en constante proceso de construcción y renovación por parte de sus socios. El bien común es un bien abstracto que hay que precisar de manera constante y colaborativa. La política no solo es inevitable, sino que es nuestra única vía para alcanzar la plenitud como seres humanos, aunque no debemos entenderla en el sentido restrictivo que el termino tiene en nuestros días sino en el sentido más profundo y amplio que tuvo en el mundo griego: la dignidad, el derecho y la responsabilidad de todo ciudadano de participar en el gobierno de su comunidad. Pericles es, probablemente, quién mejor lo expresa cuando, con orgullo, afirma de sus conciudadanos:

«Todos cuidan de igual modo de las cosas de la república que tocan al bien común, como de las suyas propias; y ocupados en sus negocios particulares, procuran estar enterados de los del común».

El artículo completo está disponible en el número 111 de la Revista Ábaco.
Pincha en el botón inferior para adquirir la revista.