Recreación del Homo ergaster en el Museo de la Evolucion de Burgos. Fuente: Wikimedia Commons

Extracto del artículo publicado en el nº 118 de la Revista Ábaco

José Manuel Torre Arca
Catedrático de francés jubilado
Universidad de Oviedo

Dios creó al hombre, dice el Génesis. Hoy sabemos que ocurrió justo al revés, que fue el Hombre, los hombres, los que crearon a los dioses, en un intento de respuesta a las preguntas que ya se hacía un ser que ya era inteligente: ¿quién me ha traído aquí? ¿para qué me han traído?

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, dice también la Biblia, y también hoy sabemos que fue justo al revés: que fue la carne la que se hizo Verbo. Aquella carne preexistente eran los primates, y luego los australopitécidos, y luego los homínidos, y más tarde… Y ese Verbo, aquel Logos, aquella Palabra fue el lenguaje articulado: la facultad de hablar.

¿En qué momento de aquella evolución aparece esa facultad que crea al Hombre, que lo hace distinto de los demás animales?

Cuando los antropólogos hablan del descubrimiento del fuego, distinguen entre su mera utilización y su producción voluntaria; entre el fuego ocasionado por un rayo o por alguna otra circunstancia fortuita, y que aquellos seres primitivos aprendieron a conservar, que no es poco, y la técnica necesaria para producirlo a voluntad, que es mucho más.

De igual modo, distinguen los antropólogos entre la mera utilización de un palo o un hueso o una piedra como herramienta o como arma, y su fabricación, que implica ya una técnica, por rudimentaria que fuera; y, quizá más importante, un propósito, una finalidad, una previsión, una proyección en el tiempo: una noción de futuro. Y algo más importante aún en el proceso evolutivo: un perfeccionamiento, lento pero continuo, de esa o esas técnicas a través de sucesivas generaciones, es decir la transmisión de los saberes adquiridos. Todas las especies animales poseen saberes, algunos tan admirables como los diques de los castores o la orientación de las aves migratorias o la organización social de las hormigas o las danzas simbólicas de las abejas. Pero esos saberes se transmiten de generación en generación sin variación alguna, por mera herencia genética: son saberes instintivos, iguales a sí mismos a través del tiempo. Los saberes humanos, las técnicas, avanzan de generación en generación, se perfeccionan; no son saberes instintivos, sino culturales. Implican un modo de transmisión que no reside en la mera biología, y que no es otro que el lenguaje articulado, capaz de transmitir ideas, pensamientos, más allá de los objetos físicos y de las situaciones concretas, más allá del presente.

Ese pensamiento abstracto, capaz de generalizar, de crear conceptos, categorías, entes de razón como los números, seres sobrenaturales como los dioses, sólo es posible con ayuda del lenguaje articulado. Y a su vez el lenguaje articulado, la palabra, el Logos, sólo pudo aparecer como expresión de lo general, de lo abstracto, de lo simbólico. La palabra árbol no es el árbol físico, es el signo que lo simboliza. Los sonidos inarticulados, que no son exclusivos de los humanos, pueden expresar emociones: alegría, miedo, cólera, duelo; pueden advertir de un peligro, llamar, amenazar. Pero no pueden ser vehículo de ideas, no pueden expresar conceptos.

A su vez esa facultad del habla no pudo aparecer hasta que aquellos cerebros, aquellas mentes primitivas, fueron capaces de producir abstracciones, de generalizar, de crear conceptos. Lenguaje articulado y cerebro pensante son las dos caras de una misma moneda, se van creando uno al otro, dialécticamente, en un lento pero continuo perfeccionamiento que desembocaría finalmente en el homo sapiens. O, si se prefiere, en el homo faber, productor de utensilios, creador de técnicas que, como ya hemos dicho, implican a su vez ideas, proyectos, previsión de futuro. Faber y Sapiens y Loquens: ser humano.

Volvemos a preguntarnos: ¿en qué momento de la evolución se puede llamar humano a aquel primate? Es decir: ¿a través de qué indicios se puede colegir que aquel homínido poseía ya la facultad de hablar?

A mediados del siglo XX, algunos paleontólogos situaban aún la aparición del lenguaje articulado en el primer periodo del Paleolítico Superior, el Musteriense, que se caracteriza por el uso de puntas de lanza, raederas, buriles: instrumentos de piedra tallada que atestiguan el dominio de técnicas cuya transmisión generacional supone ya un pensamiento relativamente abstracto y un lenguaje pre-articulado.

Teilhard de Chardin estimaba que el Sinanthropus, a pesar de la forma de su cráneo, era ya un ser pensante: Por primitiva que sea su caja craneana, el Sinántropo ya había superado, (…), el misterioso umbral que separa el instinto de la reflexión. Homo Faber (…) ya era también Homo Sapiens (La aparición del hombre, p. 145). Y Bouknak consideraba que el hombre del periodo Chelense (Paleolítico inferior) se comunicaba ya en un lenguaje primitivo, consistente en palabras-frase polisémicas.
Otros investigadores situaban la facultad de hablar en un momento de la evolución mucho más tardío, el segundo periodo del Paleolítico Superior, el Solutrense, en el que los instrumentos de piedra tallada están más cuidadosamente trabajados y aparecen ya algunas esculturas; mientras que en el periodo Musteriense los homínidos utilizarían todavía un lenguaje primitivo no articulado.

En lo que estaban de acuerdo la mayoría de los estudiosos era en que los Neanderthales (entre 100.000 y 35.000 años de antigüedad) se comunicarían ya en un lenguaje articulado.

Hallazgos arqueológicos y paleoantropológicos más recientes (Atapuerca, 1994) hacen retroceder considerablemente el momento evolutivo en el que se cree que el homínido dominaba ya ese lenguaje; Bermúdez de Castro supone que el Homo Antecessor, anterior al de Neanderthal, poseía ya esa facultad.

La fabricación de puntas de lanza marca un hito en la evolución del Homo Erectus (a partir de un millón y medio de años hasta los cien mil), al igual que el descubrimiento del fuego. La preparación de los alimentos al fuego (se supone que al principio simplemente tostándolos y más tarde cociéndolos, lo que requeriría el uso de algún tipo de recipiente) permitió a aquellos homínidos masticarlos más fácilmente, lo cual produjo un cambio en su mandíbula y en su dentición, con importantes consecuencias no sólo anatómicas sino también culturales: por un lado, una mayor disponibilidad de la cavidad bucal para la articulación de sonidos diversos que más tarde serían fonemas de una lengua más o menos primitiva; y por otro lado, la disminución de los colmillos, que hasta entonces habían sido su principal medio de ataque y de defensa.

Ahora bien, la pérdida de esa arma congénita tenía que ser compensada de algún modo, que fue la invención de un instrumento, la lanza primero y luego la jabalina, que permitía el ataque o la defensa a cierta distancia del enemigo o de la presa sin correr el mismo riesgo que con un arma de mano. Y el paso de la lanza a lo que llamo la jabalina, es decir una lanza más ligera y arrojadiza, permitió que esa distancia con respecto al adversario o a la presa fuera aún mayor, y por tanto menor el riesgo del atacante o del cazador. Pero esa mayor distancia requería a su vez afinar la puntería, es decir afinar la vista y calibrar el esfuerzo muscular en función del trecho que le separaba del blanco y de la movilidad de éste. Operaciones todas que presuponen un desarrollo mental cada vez más complejo.

Si a esto añadimos que la caza de presas importantes por su tamaño y sus medios de defensa exigía un trabajo colectivo y una táctica, por rudimentaria que fuera, hemos de pensar que la necesidad de comunicarse oralmente tenía que conducir a aquellos homínidos a utilizar un protolenguaje que, si no era articulado todavía, sí tenía que ser algo más eficaz que el grito-señal de los primates y que el mero lenguaje corporal, que sólo sería visible en horas diurnas, siendo así que el uso del fuego en forma de antorcha permitía cazar también al caer la noche.

Al contrario de la recolección, que puede ejercerse individualmente, la caza como acabamos de ver debía ser practicada en grupo e implicaba el reparto del botín, lo cual requería que de algún modo aquellos cazadores primitivos tuvieran alguna noción de cantidad, tanto si el reparto era equitativo como si obedecía a alguna forma de jerarquía.

Finalmente, la caza hubo de tener sin duda una consecuencia cultural cuyos efectos han llegado hasta nosotros. Al contrario, una vez más, de la recolección, que podían llevar a cabo tanto el macho como la hembra y sin necesidad de grandes desplazamientos, la caza exigía la búsqueda y persecución de la presa, a veces durante varios días y a grandes distancias, lo cual requería desplazamientos a veces muy largos de los cazadores y por tanto ausencias prolongadas del refugio donde se criaban los cachorros. Alguien tenía que quedarse, pues, al cuidado de la prole, y ese cuidado recaía sin duda sobre las hembras, que los amamantaban.

Fundamentos genéticos del lenguaje humano

Es importante ver en qué estriba la especificidad del lenguaje humano en contraposición con el de los primates superiores. En general, los lingüistas, dice López García, tratan de demostrar que los procesos comunicativos de los grandes simios no tienen ningún parecido con el lenguaje humano, ya que la especifidad del lenguaje humano es la sintaxis, que los primates no humanos no llegan a dominar. En cambio los psicólogos y los etólogos, basándose en las similitudes observables entre la conducta de los primates y la de los humanos en algunos comportamientos no lingüísticos (manifestación de emociones, actitudes grupales, sexualidad, etc.), tratan de encontrar similitudes también en el ámbito lingüístico, haciendo que los chimpancés en laboratorio aprendan a utilizar remedos simplificados del lenguaje humano.

López García considera que ambas posturas son claramente insuficientes. Por un lado, las lenguas no se reducen a la sintaxis, pues todas ellas son sistemas caracterizados por lo que André Martinet definió como una doble articulación: la que da lugar a la palabra y la que da lugar al fonema. Y por otro lado, los lenguajes artificiales utilizados en informática se basan en sintaxis complejas sin que por ello se puedan considerar lenguas propias de ningún grupo humano, como no sea el de los profesionales de la cibernética. En cuanto a los procedimientos comunicativos de los chimpancés y otras especies de simios, sería deseable, prosigue López García, que esas observaciones se hicieran con animales en libertad y no en laboratorio, teniendo en cuenta su comportamiento espontáneo, no inducido por el observador. El hecho de que últimamente hayan decaído los experimentos de los primatólogos, decía López García hace ya veinte años, parece indicar que esas investigaciones han tocado techo: un chimpancé no ha logrado nunca hacer, aun con un gran esfuerzo, lo que un niño consigue a los dos años sin dificultad aparente: hablar.

Recordemos, a este propósito, la experiencia llevada a cabo por la familia Kellog con la cría chimpancé Gua, en 1933, de la que Guillaume daba cuenta en La psychologie des singes (1941). La pequeña Gua, que había sido separada de su madre cuando tenía siete meses y medio, fue criada durante nueve meses por los Kellog en las mismas condiciones que su propio hijo, que en aquel momento tenía diez meses. Gua aprendió a caminar en posición erecta, a comer en la mesa usando vaso y cuchara, a encender y apagar la luz con el interruptor, a jugar con juguetes, a dormir en una cama, a usar ropa y calzado, a sentarse en el retrete para hacer sus necesidades, que aprendió también a pedir a su debido tiempo. La adquisición de todos estos hábitos fue paralela a la del niño, e incluso más precoz. Pero el desarrollo mental del niño prosiguió con la adquisición del lenguaje articulado, mientras que Gua no alcanzó nunca ese estadio.

El tema del innatismo

Como es sabido, Noam Chomsky viene afirmando desde los años ’50 del pasado siglo que la capacidad humana para adquirir (que no aprender) una lengua es innata; que los niños heredan genéticamente un conjunto de principios y parámetros sintácticos, una gramática universal, que luego se modelan y se fijan en la lengua propia de la comunidad humana en la que se crían. Es la llamada gramática generativa: porque es capaz de generar oraciones en número ilimitado.

No sólo los lingüistas, también los informáticos, opinan que la facultad del habla está inscrita en nuestros genes: Le langage est avant tout un exercice spontané répondant à un code épigénétique (…). Cette innéité du langage reside dans le code biologique (A. Robinet, citado por Kremer-Mariette, p. 18, nota 4)

Frente a esta concepción, Jean Piaget sostenía, desde los años ’30, que lo que heredamos con nuestros genes no es la capacidad de adquirir una lengua sino algo más general: la capacidad para el aprendizaje cognitivo, de la cual carecen las demás especies animales. Según Piaget, el desarrollo psíquico del niño es un proceso continuo, pero a través de etapas diversas, de organización y reorganización de estructuras; proceso en el que cada nueva organización integra a la anterior, alcanzando una mayor complejidad. Es la llamada epistemología genética o también teoría constructivista.

Ambas teorías se confrontaron en octubre de 1975 en el Centre Royaumont, conocida institución francesa que organiza encuentros y debates entre investigadores destacados en los diversos campos de ciencias del hombre. Asistieron a aquel memorable debate los propios Chomsky y Piaget y sus intervenciones fueron recogidas unos años después en una publicación del director del Centro, Massimo Piatelli-Palmarini, que intentó llegar a una síntesis entre ambas posiciones, a mi juicio con poco éxito.

Un nuevo intento de síntesis entre innatismo y lo que él llama funcionalismo es el de López García. Según este lingüista, en el proceso de aprendizaje de una lengua por parte del niño se van sucediendo una serie de gramáticas parciales (interlenguas) cada una de las cuales es el resultado de la adecuación de ciertas estructuras genéticas a ciertos requisitos contextuales; es decir, esas interlenguas son en parte innatas y en parte adquiridas. Cada fase es más compleja que la anterior y, conforme el niño se va acercando al patrón definitivo que es la lengua de los adultos, va aumentando el aporte foráneo y va disminuyendo el que está prefigurado en los genes.

Ahora bien, ni el innatismo ni la propuesta de López García nos dicen en qué momento de la evolución de los homínidos aparece el lenguaje articulado, la facultad de hablar que define a la especie humana: simplemente desplaza el problema del cerebro al genoma. Pero sigue siendo necesario acudir al estudio de las técnicas utilizadas en la fabricación de armas y herramientas en cada periodo de la larga prehistoria. Estudio limitado a los objetos fabricados con materiales no perecederos, casi únicamente la piedra y a veces el hueso, porque de los elaborados en madera es evidente que no han podido quedar vestigios. Es verdad que la madera también puede fosilizarse, pero es indudable que siempre tendremos muchos más útiles de piedra, material que resulta más difícil de trabajar y que por tanto dará lugar a objetos más toscos que pueden hacernos pensar en técnicas más rudimentarias de las que en realidad dominaban ya aquellos seres primitivos.

La Paleontología, como anatomía comparada, permite seguir el rastro de la evolución en lo que concierne a la conformación del cuerpo, especialmente el volumen y la forma del cráneo y por tanto del tamaño del cerebro. Pero hoy sabemos que la dimensión del cerebro importa menos que la organización neuronal, y que alguna especie de homínido, con una capacidad craneal de 1.450 centímetros cúbicos, sólo había alcanzado un nivel cultural inferior al de la especie que le sigue en la secuencia evolutiva, cuya capacidad craneal era solamente de unos 1.000 centímetros. Y, viceversa, unos primates que vivieron en la isla de Flores (Indonesia) hasta hace unos 15.000 años, cuya capacidad craneal no llegaba a los 400 cm cúb., fabricaban instrumentos complejos, y eran cazadores y recolectores.

La inteligencia no se mide únicamente por el tamaño del cerebro, ya que la capacidad craneal depende del tamaño del cuerpo, que en algunas especies no sobrepasaba el 1’40 ms. de estatura; se mide por el índice de encefalización (comparación entre el que correspondería a su tamaño corporal y el que realmente tiene). Un mayor índice de encefalización supone una mayor indefensión física del cachorro, pues su cerebro en el útero materno se ha desarrollado a expensas de su esqueleto. Esa mayor indefensión requiere un tiempo más dilatado de crianza, pero supone mayor tiempo de aprendizaje, precisamente en el momento en que el cerebro es más capaz de asimilar nuevos conocimientos, como es el caso del bebé humano, que comienza a adquirir desde ese momento el lenguaje articulado.

El índice encefálico de los Australopithecus era ya de 1’3, y el del Homo ergaster de 1’7.

Muchos paleontólogos de prestigio sitúan ya en Homo ergaster la aparición del lenguaje, por encontrarse en el cráneo del «Niño de Turkana» indicios de las áreas de Broca y de Wernicke

De los primates a los homínidos y de estos a los homo

Los primates aparecieron hace 70 millones de años, poco antes de que desaparecieran los dinosaurios. Desde mucho antes de que Linneo nos clasificara en el orden de los primates, todos los sabios se habían apercibido de nuestra semejanza con los grandes simios: mamas pectorales, ojos en posición frontal con visión estereoscópica y en relieve, dentadura con generalmente treinta y seis dientes (Incisivos, caninos y molares), uñas en lugar de garras, manos y pies prensiles con pulgar divergente y almohadillas táctiles, extremidades posteriores muy desarrolladas, talón alargado por medio del calcáneo (que sirve para la propulsión), cráneos grandes; cachorros inmaduros que necesitan muchos cuidados durante los primeros años.

Hace entre 7 y 5 millones de años que nuestro linaje se separó del de los chimpancés. En África oriental aparecen los primeros homínidos, diversas especies distintas que van poblando ese continente y evolucionando anatómica y cerebralmente hasta desembocar en un nuevo género, los Homo, bípedos capaces de fabricar herramientas. Una de las primeras evidencias de la bipedestación es la huella de pisada de Laetoli (Tanzania), datada en 3’7 millones de años. Es decir, en dos millones de años, milenio arriba milenio abajo, el chimpancé se transformó en un primate bípedo, un homínido. Y en otros tres millones de años aquel primer bípedo devino Homo Loquens, que se comunicaba ya en un lenguaje articulado, o al menos en un protolenguaje, hace unos 800.000 años.

Una de las catorce especies conocidas de homínidos presentaba ya algunas de las características de un nuevo género: el Homo ergaster, del que muchos paleontólogos afirman que desciende directamente el Homo sapiens. La capacidad craneal del niño de 11 o 12 años hallado cerca del Lago de Turkana era de 800 cm cúb., su estatura de 1’60, y su esqueleto era ya semejante al de un niño Sapiens de esa edad; y habría alcanzado los 900 cm cúb. de capacidad craneal y 1’80 de estatura si hubiera llegado a adulto. Sin embargo, otros paleontólogos consideran que Homo ergaster era sólo una variedad de Homo erectus.

Los chimpancés y los humanos nos diferenciamos sólo en un 2’5% de nuestros genes. Esa o esas mutaciones han tardado en producirse unos seis millones de años. En unos 6 millones de años ha sido datado el Sahelanthropus Chadensis (un cráneo, un trozo de mandíbula y algunos dientes hallados en 2001 al norte de Chad), que muchos paleontólogos consideran como especie intermedia entre el chimpancé y los primeros homínidos. Como el de los chimpancés, ese cráneo sólo tiene unos 350 cm cúbicos de capacidad; pero ese ser, como los homínidos, tenía una cara alta, estrecha y corta, caninos pequeños y el agujero occipital avanzado. Como los demás primates, los chimpancés son muy comunicativos, con vocalizaciones y gestos muy complejos; el lenguaje no verbal debió de desempeñar un papel muy importante también entre los primitivos homínidos.

Hace aproximadamente 2’5 millones de años aparecen los primeros instrumentos de piedra, que los antropólogos relacionan con la ingestión de carne, que exige desollar y descuartizar animales, y que necesita, por tanto, útiles cortantes. Es la llamada Cultura Olduvaiense, que dura en África hasta hace 1’3 millones de años y se atribuye a una nueva especie: Homo habilis, que habita ese continente a la vez que el Homo ergaster. La ingestión habitual de carne, tanto si era de animales cazados como si era carroña, supone una disminución del aparato digestivo (segundo gran consumidor anatómico de energía después del cerebro), lo cual permite una mayor dedicación de recursos al desarrollo del cerebro. Recursos que, a su vez, proceden de la carne, abundante en proteínas, en grasa y en fósforo, sustancias todas que enriquecen el cerebro.

Los cráneos de Homo habilis, de hace 2 millones de años, suponen ya cerebros de un tamaño doble que el de los chimpancés, y con unas protuberancias en su interior que indican un mayor desarrollo de las áreas de Broca y de Wernicke, las cuales, como es bien sabido, desempeñan una función muy importante en el habla.

Esas especies reunían ya todas las condiciones para colonizar territorios fuera de África: locomoción adaptada a recorrer grandes distancias sin gran inversión de energía, tecnología primitiva pero eficaz, e inteligencia suficiente. Incluso sentido agudo de la orientación, pues se sabe que ocuparon algunas islas. Ahora bien, lo interesante sería saber qué fue lo que les indujo a emigrar.

Las protolenguas

Los cráneos de Homo habilis, de hace 2 millones de años, muestran cerebros el doble de grandes que los de los chimpancés y con unas protuberancias en su interior que indican un mayor desarrollo de las áreas de Broca y de Wernicke, cuya función en el habla, como es sabido, es fundamental.

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