Reseña publicada en el nº 107 de la Revista Ábaco

Todo lo carga el diablo
Benjamín Prado
Editorial Alfaguara, Madrid, 2020

Reseña de Pilar Couso

«El proceso de aprendizaje es algo que tienes que incitar, literalmente incitar, como una rebelión»

Audre Lorde

Quiero presentarme, soy Caridad Santafé, estoy aquí gracias a los ciento seis años de vida que se me han concedido, mi curiosidad se adueñó de mí, pasó por encima de mi timidez y cuando escuché desde mi demencia hablar a mi hijo y a Juan sobre deporte, en seguida me uní a ellos, me entrometí entre sus páginas y me animé a acompañarlos porque estaba muy de acuerdo con lo que hacían, porque querían rescatar nuestros personajes del olvido, aquellos que otros habían enterrado en vida, por dejarme conocer todo lo que ha pasado en este tiempo con mis amigas de la juventud.

Madrid y Rota, donde yo nací, son los escenarios del relato que se desarrolla en tiempos de la Segunda República, la postguerra y en el tiempo actual; ilustran aquellos años treinta la Institución Libre de Enseñanza, el Lyceum Club Femenino, el Ateneo, la Residencia de Señoritas, la Residencia de Estudiantes, las Misiones Pedagógicas o la Federación Universitaria Escolar (FUE) mientras que la actualidad contempla las investigaciones del profesor junto a una mujer que vuelve del pasado para recuperar su amor y que le apoyará en sus averiguaciones.

Es verdad que me pierdo un poco en esa novela que están escribiendo, su estructura secuencial que permite narrar sucesos independientes en ambos tiempos, sin orden cronológico estricto y en cierta forma caótica llevan a que mi cabeza se confunda a veces. Los tiempos pasados, presentes o futuros se alargan o acortan a gusto del narrador y refuerzan el argumento principal: la novela como acto de reparación para Margot Moles, Ernestina Maenza y Caridad Santafé, las tres amigas que desde el Instituto-Escuela llegamos a participar en la Olimpíada de Invierno de 1936 en Garmisch-Partenkirchen. En la segunda parte el foco de atención pasa a ser el período de postguerra donde ya mis recuerdos me fallan y hacen que enrede realidad con invención mientras que la trama se va complicando con denuncias en las que creo participé y que fueron la causa de mi soledad encerrada en aquella casa de locos. Además he sabido que el detective que me ha localizado ha tenido a lo largo de su búsqueda una bonita relación de amor con una mujer, me recuerda a la que yo viví con Thomas, cuánto le he echado de menos todos estos años y cuánto daría porque él pudiera vivir conmigo este reencuentro con la vida.

Y os pregunto a vosotros, lectores, ¿de cuantas mujeres os acordareis al cerrar la última página de esta novela? Os invito a que lo hagáis, son muchas las que desfilan a través de las páginas, más de cincuenta, además de otros tantos personajes masculinos, pero el reto son las mujeres, ¿cuántas quedarán en vuestra memoria? Es difícil porque muchas pasan con una sola frase, algunas ya están en nuestro inventario, pero otras muchas no han aparecido nunca, ¿las recordaréis después? Estas son las ventajas y el peligro de un deambular de puntillas por la historia.

Pero no penséis que no he disfrutado con la investigación y con la intriga para saber qué había pasado con mis amigas Margot y Ernestina al tiempo que acompañaba a la pareja de detectives. Cuando empecéis a leer los nombres de las mujeres del deporte y a comprender sus hazañas de aquellos años comenzará todo una carrera para aprender quiénes han sido las precursoras de nuestro deporte, leeréis la novela casi de un tirón, porque todo el desfile de personajes que a mí me emocionó a vosotros os encandilará pensando en cuantos más podrían aparecer de aquellos años que han sido ocultados. Si la juventud que nos sucedió hubiera conocido todos nuestros logros, si hubiera tenido otro aprendizaje, seguro que sus rumbos hubieran sido distintos.

Benjamín Prado nos desvela en este libro a unos personajes de los que muy poco o nada conocíamos, mujeres que en su momento fueron personalidades destacadas de su sociedad por diferentes aspectos. Sin embargo, en muy pocos casos tienen hoy una calle, plaza, instituto, colegio o centro deportivo que las recuerde. Por qué, nos preguntamos. Porque el franquismo y el patriarcado las enterró en vida, no dejó que ninguna de sus creaciones, ninguno de sus logros, ninguno de sus avances pasara a la historia. La dictadura borró los logros de aquellas mujeres y volvió a encerrarlas en casa, como en tiempos de La perfecta casada. Pero hacer visibles y nombrar a las mujeres no sirve para entrar en el fondo del problema, interesa para resaltar algo que no estaba hecho, interesa para salvar la desigualdad histórica pero ¿es éste el camino a la igualdad?

Os quiero decir que he acompañado a Juan en la escritura de su informe, me ha sido cómodo casi siempre seguir sus pesquisas con esa prosa sencilla, visual, fácil y ligera que salpica de citas clásicas y refranes de las mujeres de mi edad, todos tan familiares para mí, me ha resultado ameno ver pasar delante de mis ojos todos los acontecimientos de aquella postguerra horrible de pobreza, estraperlo y desigualdad que en parte pasé encerrada; a veces los ritmos son desiguales, el tiempo pasa lento o se acelera, el tono también lo es, se hace amable, áspero o explicativo y la ausencia de fechas hace que me pierda en esta sinrazón, pero lo doy todo por bien empleado para conocer a vuelapluma cómo fueron aquellos años que no pude disfrutar.

Mis recuerdos de aquel comienzo de postguerra son muchos, mi amiga Margot detenida, pobre y sola, mi miedo, la vuelta de Ernestina, … yo misma quise escribir mis diarios en aquel manicomio, creo que los detectives tienen todas mis anotaciones. «Vivir no es tan importante como recordar» dice María Teresa León en su «Memoria de la melancolía». Y recuperar la memoria perdida es dejar testimonio para el futuro de lo que ocurrió. En aquellos años fueron unas pocas las mujeres excepcionales, las dirigentes que lideraron los movimientos femeninos, pero existieron también el resto, el colectivo de las mujeres reales, normales, trabajadoras, que día a día hacían posible la vida y que se incorporaban a esas organizaciones que como Mujeres Antifascistas o Mujeres Libres colaboraron en la defensa del sistema político y que una vez comenzada la guerra, alejadas de los frentes a finales de 1936, siguieron trabajando en la retaguardia perdiendo su autonomía como movimiento feminista. Después de la guerra comenzó también la represión femenina: humillaciones, vejaciones, violaciones, degradación social, … fueron los castigos arbitrarios que se impusieron a las supervivientes y que supusieron su aislamiento social. Denunciar estos hechos sobre los que se ha guardado un profundo silencio es el inicio de la recuperación de una memoria y de una identidad perdidas.