Artículo publicado en el nº 108-109 de la Revista Ábaco

El alquimista del tiempo
Carlos Solanillos Medina

El jurado integrado por los escritores Carolina Sarmiento González, Beatriz Rato Rionda y José Ignacio Fdez. del Castro, actuando como secretaria Irene García Rodríguez, ha seleccionado 30 obras presentadas desde varios países como Argentina, Bélgica, Canadá, Colombia, Italia, México, Reino Unido y España, cuya temática tenía que estar relacionada con el «Patrimonio con gusto», ya fuera material o inmaterial. El certamen ha sido organizado por Incuna (Industria, Cultura, Naturaleza) en el marco de las XXIII Jornadas Internacionales sobre Patrimonio Industrial 2021, celebradas en Gijón del 29 de septiembre al 2 de octubre.

El periodista y escritor aficionado Carlos Solanillos Medina con «El alquimista del tiempo», obtuvo la unanimidad del jurado. El relato ganador, junto con las obras seleccionadas, se publicará en formato digital e impresa en un libro de la colección «Máquina de las palabras» de la editorial CICEES.

«El alquimista del tiempo», de Carlos Solanillos Medina, ha sido el ganador del II Concurso de Relatos Cortos «Máquinas y palabras» Incuna 2021.

El relato utiliza la cerveza de abadía, con su antigua maquinaria y alambiques, como instrumentos de un buscado viaje en el tiempo que obsesiona a Andrés, el protagonista.

El jurado ha decidido señalar como ganador por unanimidad a este relato por «su interesante planteamiento, que nos lleva de lo paradójico a lo obsesivo en un perfecto desarrollo de un encuentro del gusto con el patrimonio industrial alimentario (cervecero, en este caso), virtudes que se completan con un efecto final tan coherente como insólito».

Natural de Madrid, Carlos Solanillos Medina es un periodista y economista que reside desde hace diez años en Bruselas, donde trabaja para una agencia de la Unión Europea. Aficionado a la literatura y habiendo quedado finalista en varios certámenes, este premio supone su primer reconocimiento como ganador de un concurso literario.

El alquimista del tiempo

Andrés nunca fue un viajero de pasaporte y maleta, sino de cubiertos y copa. Ni el Taj Mahal podía hacerle a un buen pollo tikka masala, ni la torre Eiffel o el Sena tienen opciones ante un coulant au chocolat regado por un buen burdeos.

El bar de la esquina o un restaurante chino eran, para él, aeropuertos internacionales. Entornaba los ojos y despegaba a bordo del paladar y el olfato. Al quinto trago, el cielo le mostraba el anaranjado atardecer en el Caribe; al décimo mordisco, le arropaba el verdor de la aurora boreal. Las voces del local sonaban a italiano, a ruso, al suajili de Kenia mientras Andrés sorbía su café y pedía la cuenta. El don de la ubicuidad a precio de menú ejecutivo.

Una vez aprendió a refinar su arte, la cerveza se convirtió en su único medio de transporte. La triple trapense le transportaba a la Grand Place de Bruselas. La cerveza de trigo era un billete a Baviera, y con las ale aprovechaba los tañidos del Big Ben para poner en hora el reloj.

Pero el truco le funcionó solo unos meses: el tiempo que tardó en descubrir que las cervezas de abadía no le trasladaban, en realidad, más que a la abadía actual. Por muy tradicionales que fueran los métodos de producción, Andrés se sintió desolado al comprender que aquello era un decorado, como viajar a un hotel de Las Vegas en lugar de al pasado real, como era su intención.

Aquello no era suficiente. Andrés quería la experiencia real, quería transmutarse en el espacio y el tiempo, como un dios. Y por ello se embarcó en la misión de su vida: crear la máquina del tiempo perfecta, y servirla en grifo y con una capa de giste.

Sus principios fueron rudimentarios: ollas metálicas, enormes jarras de vidrio, un termómetro casero. Importaba la cebada de productores locales, la tostaba, molía la malta y la maceraba. Filtraba el mosto en una cuba, lo hervía y lo centrifugaba siguiendo recetas obtenidas en librerías de viejo. Añadía levaduras de los lugares más recónditos, indagando en bibliotecas para aportar los fermentos más fieles a cada época y tradición. Viajó así hasta principios del siglo XX, hasta mediados del XIX, rozar el XVIII… Pero su cocina de gas no daba más, y los utensilios no le llegaban para viajar hasta el Medievo. Debía deshacer la Revolución Industrial.

Fue entonces cuando se mudó al campo. Logró más espacio y diseñó un horno de leña. Se hizo con el alambique de un monasterio valón, importó y reparó tanques del monasterio checo de Břevnov para alcanzar el siglo X. Pero solo tras el accidente, cuando su fábrica clandestina de cerveza explotó llevándose consigo su casa, su bodega y todos sus bienes, el alquimista dio por fin con el viaje de su vida.

En el fondo de un barreño con agua, Andrés fermentó un mendrugo de pan y se convirtió, por fin, en el faraón de todo Egipto.

Carlos Solanillos Medina
Ganador del II Concurso de relatos cortos «Máquinas y palabras» Incuna 2021

Artículo publicado en el nº 108-109 de la Revista Ábaco